domingo, 15 de noviembre de 2015

Hacia el otro lado del horizonte

(I)

Ya era de día cuando Equus despertó. La luz del sol brillaba alegremente sobre aquel paisaje infinito, donde estaba incrustado Equus desde ya hacía mucho. Se levantó perezoso sobre sus cuatro patas y caminó lentamente hacia un arroyo que corría cerca de allí. Al llegar a él agachó su cabeza para beber, y al hacerlo, vio su imagen reflejada en el agua. Nunca lo había pensado, ni había puesto mucha atención en su forma corporal. Tenía cuatro musculosas patas y un fuerte lomo, su cuello era largo y grueso, cubierto de una espesa mata de crines que revoloteaban alegremente con la brisa de la mañana. Sus ojos azabaches tenían una mirada placida y tranquila, que le daba a su rostro una expresión de sosiego interminable. Miró a su alrededor, no vio a nadie, solo observó la gran pradera que lo rodeaba; parecía infinita, por lo menos esta se perdía detrás del horizonte.¿Que habría detrás del horizonte? se preguntó. Nunca lo había hecho, nunca se había preguntado nada; pero ahora lo estaba haciendo. No comprendía por qué, pero en ese momento por primera vez en su vida sentía curiosidad de su propia existencia. Se alejó del arroyo y caminó un poco por la hierba, sintiendo como esta se hundía levemente bajo sus cascos; luego levantó la vista y miró el cielo azul e inmenso, observó con detenimiento las formas que tomaban unas pequeñas nubecillas que se desmenuzaban y desperdigaban lentamente en el abismo celeste. Equus sintió como si hubiera despertado de un largo sueño del que no recordaba nada y una nueva forma de comprender hubiera nacido en él. Le abordó un indomable deseo de conocer. Miró el horizonte y se preguntó de nuevo qué habría detrás de él. Estuvo en silencio un rato y comenzó a trotar; si quería averiguar que había al otro lado del horizonte debía ir allá.

Trotó durante un largo rato y no vio nada diferente a la pradera, excepto unas grandes montañas que se levantaban en la lejanía y que se confundían con el azul de la atmósfera. Equus creyó recordarlas, siempre las había visto allí y no eran algo nuevo. Siguió su camino preguntándose por todo lo que lo rodeaba, por su extraña quietud , por qué él había comenzado a comprender hasta ahora. Pasaron las horas, la mañana se convirtió en tarde y pronto comenzó a anochecer. Equus estaba recostado en la hierba; la larga caminata lo había agotado, ya había pastado un rato y quería descansar. ¡El horizonte parecía estar tan lejos!. Seguiría su marcha después, a la mañana siguiente. Entonces vio al occidente. El sol se estaba ocultando, ¡Detrás del horizonte! ¡El sol estaba detrás del horizonte en ese momento!. El sol podría darle una respuesta; sintió un cierto alivio al pensarlo. Luego salió la luna y las estrellas, y se dio cuenta también que ellas estaban tras el horizonte.

— Quisiera ser una de ellas— se dijo— aunque sea una estrella muy pequeñita, que no molestara a nadie; para poder saber que es lo que hay detrás. Pero luego pensó:«— Aunque me conformo con ser lo que soy, !No sé que me pasa hoy!, Me he preguntado muchas cosas...!No tengo idea por qué!—»

Observó el firmamento hasta quedarse dormido, en realidad estaba cansado.

La luna avanzó silenciosa y serenamente por el cielo, a través de la tranquilidad de esa noche, hasta llegar a su cenit, directamente sobre Equus. Allí se detuvo y observó curiosamente a aquel pequeño e insignificante ser, un habitante más de la pradera, tan común y simple como los miles que allí habitaban; pero con un nuevo don: la conciencia. Súbitamente comenzó a brillar más, a emitir hermosos y extraños rayos, que danzaban alrededor de Equus, cubriéndolo de un tenue polvillo gris y resplandeciente que jugaba con él, revoloteando entre sus crines. Equus abrió sus ojos y observó aquel espectáculo maravilloso.

— !Qué bello!— pensó.

Luego se levantó y se sacudió un poco el polvillo que tenía en la cabeza; vio como millares de puntitos de luz revoloteaban alrededor de él haciendo una danza loca y eterna, que poco a poco fue disminuyendo hasta desaparecer. Luego quedó solo en la inmensidad de la noche. Solo oía a su alrededor el canto de unos cuantos grillos y bichitos nocturnos.

— Debió haber sido un lindo sueño— dijo mientras miraba.

No observó nada extraño, así que volvió a dormir.

(II)

A la mañana siguiente, Equus abrió sus ojos muy perezosamente y en medio de la luz vio que frente a él estaba sentada una joven de largos cabellos, vestida con un tul que la cubría hasta los pies. Estaba rodeada con un aura de luz plateada que parecía emanarse de su propio cuerpo; su piel era inmensamente blanca como sus vestidos, sus ojos miraban con una expresión de amor a todo lo existente. Al ver que Equus despertaba se levantó y se le acercó.

— Buenos días, ¿Como te llamas?— le preguntó.

Equus la observó unos momentos.

— Equus.— respondió. Nunca había pronunciado su nombre, simplemente lo sabía y nada más.— Equus— repitió— así me llamo, al menos eso creo.

— Es un lindo nombre, algún día tus semejantes se llamarán así.

Equus no comprendió lo que le quiso decir. Simplemente le preguntó:

— Y tú, ¿Como te llamas?.

— Me llamo Shelen, una de las quince hijas lunares. Acabo de llegar.

— ¿Eres una qué?.

— No importa— respondió tajante— más tarde lo sabrás por ahora te necesito.

— ¿A mí?.

— Si, a ti Equus— dijo mirándolo a los ojos. ¿Qué querría en él?, lo ignoraba. Al decir verdad, ignoraba casi todo.

— En esta pradera eres el único ser que ha adquirido conciencia, Equus— siguió diciendo— y eres la única ayuda de que dispongo.

— ¿Por qué?.

— Porque tienes el don de comprender y eso es valioso.

— ¿Valioso?, ¿Para quien?.

— Para ti, para mí, para todos.

— No comprendo, o tal vez sí; dices que tengo ese don, ¿Y comprendiendo como te puedo ser útil?.

Shelen sonrió. Luego le dijo:

— Al comprender tu adquieres lo que se llama Iddei. Es algo nuevo y maravilloso. Es el poder de tener ideas, el poder de la abstracción, es saber encauzar la lógica para llegar a lo inverosímil e ilógico, pero cierto.

— Me confundes, por qué he de tener algo así que aún no entiendo?

— Porque tu te formulaste la frase mágica:«¿Por qué?», acabas de hacerlo.

— ¡Si!— exclamó. No lo había notado, pero había pronunciado esa frase mágica hacía un momento— Y si tengo ese gran don,¿Qué quieres de mí?

— Ayuda. Tienes el don de comprender y eres el único en este sitio que entenderá el sentido de mi misión, pues tienes Iddei, al igual que yo y los demás.

— ¿Los demás?, ¿Quienes?

— Los que están al otro lado del horizonte. Equus enmudeció. Recordó que Shelen era una hija !De la luna!

— ¿Tú vienes de atrás del horizonte?

— Eso creo.

— ¿Y como es allá?. ¿Como se llega?

— Tu mismo te darás las respuestas. Ciertamente tenía el don de la comprensión, pero Equus no logró desenmarañar las palabras de Shelen.

— Pero el motivo por el cual estoy aquí es mucho más importante y por eso necesito a alguien autoconsciente— dijo Shelen, esta vez con un tono más serio.

— ¿Qué sucede?— preguntó Equus. Shelen hizo una pausa. Miró a su alrededor; luego dijo:

— Escúchame Equus, de esto dependerá el futuro...cuando exista. Hay una forma más evolucionada de Iddei, denominada Sapi, que es el puente entre la imaginación y lo real, que habrá de materializarse para formar algo nuevo y de gran complejidad llamado universo.

— ¿Universo? ¿Qué es eso?.

— Es una forma de ser, pero de todo lo existente, que ya se está formando por sí solo; pero no es suficiente, necesita del Sapi para completarse.

— ¿Y qué es lo que ya está hecho de ese universo?.

— El tiempo; y tu junto con él. Entonces Equus comprendió por qué antes de la mañana pasada no recordaba nada, ni siquiera su propia existencia, no había habido pasado. Solo cuando la continuidad del tiempo había comenzado a correr, el había adquirido conciencia.

— ¿Por qué no recuerdo nada de antes del tiempo? Acaso no existía?.

— Solamente se existe, Equus. No hay la elección «Existir» o «No existir». Si existes es porque eres y serás por siempre; si no existieras no habría nada, no estaría contigo hablando.

— Entonces, ¿No hay comienzo para la existencia? ¿No comencé a existir en algún momento?

— No, tu eres y serás por siempre. La existencia es infinita.

— ¿Y por qué no recuerdo nada?.

— No tenías la capacidad para hacerlo, pero ahora si la tienes. Equus se sintió maravillado. Shelen parecía tener muchas respuestas.

— Háblame más del universo.— dijo ansiosamente.

— Todo el Sapi existente ha sido reunido en una piedra, la piedra Saper, que contiene toda la sabiduría que hay y habrá en el universo. Mi misión es llevarla a un lugar de este mundo, el Tomun—Cosmo. Es un templo cuya finalidad es esta: liberar el Sapi y formar el universo.

— ¿Y donde queda?.

— En las montañas misteriosas. Equus nunca había escuchado ese nombre, pero supo que se refería a las grandes montañas en la lejanía que había visto ayer.

— Es un buen nombre para ellas— dijo— ¿Y debes ir allá?.

— Debemos; si quieres ayudarme. Equus, ¿Me ayudarás?

— Creo que si.

— Pero espera, aún no te he contado todo. Hay un gran peligro que hay que afrontar y quiero que lo pienses bien.

— ¿Qué es?.

— No todo lo que existe es bueno, Equus. Una antigua fuerza, primitiva, pero con mucho poder logró sobrevivir. Es la energía contraria al Sapi. Se le llama Caos. El Sapi es la sabiduría, el orden, el Caos es el desorden, la entropía; pero el Sapi es más poderoso, tiene la conciencia, el Caos no. El templo es custodiado por unos seres gigantescos, los Vimaiñs, moustros metálicos, cuya única misión es evitar el paso de la piedra Saper al interior del templo.

— ¿Y por qué lo hacen, no entienden lo que están haciendo?.

— Desafortunadamente no tienen conciencia, el Iddei no está en ellos; no saben lo que hacen, porque no tienen la capacidad de saber.

— Pero de todas formas, ¿Qué los impulsa a hacer esto?

— En realidad no lo sé muy bien, dicen que son lo que quedan de un legendario intento de crear Caos conjugado con Iddei, creo que lo llamaron «Mal». Pero no funcionó; al tenerse conciencia el Caos se va irremediablemente.

Equus estuvo en silencio unos momentos.

— No me importa el peligro que corramos— dijo decididamente— si tengo conciencia, me incumbe que el universo sea creado.

— ¿Irás conmigo al Tomun—Cosmo?.

— Sí, lo haré.

— Gracias— dijo Shelen mientras brotaba una sonrisa de sus labios. Los dos observaron los lejanos cerros que los esperaban. Parecían tranquilos y serenos en la lejanía, sin ninguna perturbación por lo que ocurriría. Estaban al norte y parecían localizarse a unas dos jornadas de distancia. Los dos comenzaron a caminar hacia allá. Shelen tomó una bolsa negra que había traído y se la echo al hombro.

— ¿Qué tienes ahí?— preguntó Equus al verla.

— El motivo de mi misión.

— ¿La piedra Saper?.

— Si.

— ¿La puedo ver?.

— En este momento no, la luz del día es peligrosa para ella; en la noche la verás. Por ahora encaminémonos.

Equus propuso que Shelen subiera sobre su lomo y así podrían avanzar más rápido, a lo cual ella asintió. Luego emprendieron el camino. La pradera era uno de los lugares más extensos y hermosos que existían . En medio de los grandes pastizales a veces se erigían grupos de modestos árboles, debajo de los cuales descansaban sendas manadas de animales, que buscaban algún refugio al calor abrasador del sol. Aquí y allí, una gran cantidad de arroyos y ríos corrían alegremente hacia el sur, tal vez a encontrarse con un hipotético mar. A lo largo de sus cursos la vida rebosaba sin descanso, gracias al precioso liquido que transportaban sin cesar ni descanso.

Al norte estaban las montañas. Comenzaban abruptamente en medio de la llanura, sorpresivamente. Frente a ellas cualquier ser se sentía insignificante, pues eran gigantescas; tocaba el cielo, incluso lo sobrepasaban, o al menos daban esa impresión. De lejos, tenían una coloración azulosa, que a veces se perdía con la inmensidad del cielo, a veces contrastaba «no había patrón fijo», pero estaban allí y estarían por siempre, ese era su destino.

Shelen y Equus poco a poco fueron acercándose a ellas, lentamente; pero aunque parecían estar cerca, la verdadera distancia no era corta, sin embargo esto no los hacía desistir de su empeño.

Caminaron todo el día y solo se detuvieron al mediodía, a descansar un poco y resguardarse del sol, debajo de uno de los innumerables arbustos. Equus pastó por un rato, mientras que Shelen permaneció bajo el árbol y trató de dormitar. Después comió unas cuantas frutas silvestres.

Cuando la tarde comenzó, reemprendieron el viaje, a un paso lento pero continuo. Caminaron bajo la brisa de la tarde y el humor emanado por la tierra al calentarse llenó el ambiente con una inmensa gama de aromas, todos ellos provenientes de las millares de plantas y flores que llenaban el paisaje.

Al atardecer, el sol esparció por toda la atmósfera una luz rojiza y suave, que producía en el alma una extraña sensación de bienestar. Poco a poco fue desapareciendo el disco ardiente y sus rayos dejaron de tocar la tierra y solamente quedaron proyectados en el cielo, rojizo ya, abarrotado por las ultimas luces del día. Entonces la tierra quedó en oscuridad. Los viajeros decidieron detenerse al lado de uno de los incontables arroyos para pasar la noche allí.

— Pronto saldrá la luna— dijo Equus mientras observaba las estrellas.

— Sí, no demora en salir.

— Comenzó a hacer frío, en el día es lo contrario.

— Haremos una fogata y así tendremos calor.

— ¿Una qué?

— Mira— dijo Shelen mientras frotaba dos pedazos de leña. De un momento a otro comenzaron a humear y arder, luego, Shelen reunió más leña y la prendió. La fogata estaba lista. Equus observó maravillado aquella sustancia roja y candente que se desprendía de la madera, que emitía calor y seguridad.

— ¿Qué es eso?— preguntó.

— Es fuego, una fuerza latente en la naturaleza. Es muy útil pero hay que manejarla con cuidado. Equus miró de nuevo las estrellas; luego recordó el sol. Le asaltó una idea.

— Shelen— dijo— ¿El sol y las estrellas están hechas de fuego? Shelen alzó la mirada y meditó unos segundos, luego sonrió.

— A la larga si; pero tal vez no sea muy importante que sepas lo que son, por ahora.

Equus se calló por unos instantes. Tal vez estaba haciendo demasiadas preguntas; entonces vio la bolsa que cuidadosamente traía Shelen.

— Ya es de noche Shelen, déjame ver la piedra Saper.

— ¡Oh, si!, lo había olvidado. Mírala.— Respondió Shelen acercándole la bolsita, con su interior abierto.

Equus no vio muy bien lo que había allí, luego Shelen introdujo una mano y sacó la piedra lentamente, como si fuera un objeto de mucha delicadez.

— Mírala, esta es. ¿No es bella? Equus no respondió. Era una piedra mediana, del tamaño de un puño más o menos, de apariencia sencilla y modesta, pero sin comparación con las piedras normales. Su tonalidad era blanca, tan blanca y pura como la luz; su forma era oblonga y algo irregular. Estaba zurcada de haces similares a fibras, que la recorrían de lado a lado, dándole una extraña uniformidad cristalina.

— ¡Es muy bella!— exclamó suavemente Equus.

— Sí, la inteligencia es algo hermoso.

En eso salió la luna. Sus rayos pálidos y grises inundaron toda la pradera, dando una luz cenicienta, plateada y mágica, que rodeaba todo con un halo de misterio y belleza. La piedra Saper, al recibir sobre su cuerpo los tenues rayos de la luna, comenzó a reflejarlos, pero hacia su propio interior, concentrándolos en lo más intrínseco de su masa, produciendo un aura luminosa que iluminaba serenamente el lugar con una luz blanca, blanquísima, como la misma luna pero mucho más fuerte.

— ¿Qué sucede?— preguntó Equus.

— Es el Sapi que trata de salir; cuando la piedra recibe energía lumínica, o luz en su interior ocurren un sinnúmero de complejos fenómenos físicos, que transforman el Sapi en energía, que sale liberada en forma de más luz.

— ¿O sea que esta hermosa luz es la inteligencia convertida en energía?

— Si.

— ¿Y por qué no debe ser expuesta a la luz solar?

— Es demasiada luz. La piedra Saper solo debe ver el sol cuando esté en el Tomun—Cosmo.

— ¿Y por qué allí?

— Porque es el único sitio que encauzará la energía que desprenda la piedra hacia la construcción del universo.

— ¿Y qué pasa si la piedra ve el sol en otro sitio?

— Bueno, todo desaparecería en un gran destello luminoso.

— Pero no dejaríamos de existir.

— No, no dejaríamos de existir; pero no tendrías conciencia... hasta que el tiempo se volviera a formar.

— ¡Vaya!— exclamó Equus mientras observaba respetuosamente el cristal luminoso, el cual volvieron a depositar cuidadosamente entre la bolsita. Las horas pasaron y por fin, Shelen y Equus se durmieron.

Ya era de día cuando Equus despertó. La luz del sol brillaba alegremente sobre aquél paisaje infinito en que estaban incrustados los dos viajeros; Equus se levantó perezoso sobre sus cuatro patas y caminó hacia el arroyo que corría cerca de allí. Al llegar agachó su cabeza para beber, y al hacerlo, vio su imagen reflejada en el agua. Por un momento, Equus pensó que todo había comenzado otra vez y estaba de nuevo en aquella mañana en la que había adquirido la conciencia. Pero pronto notó que todo era una simple coincidencia del destino, una repetición casi exacta de ese momento, pero diferente. Antes estaba solo; ahora no, incluso estaba interviniendo en algo maravilloso y de una importancia tal que él mismo no alcanzaba a comprender. De repente, de lo más íntimo de su corazón, brotó una sublime sensación de felicidad, de felicidad infinita, de cariño hacia todas las cosas, hacia todo lo existente, hacia todo lo que lo rodeaba. Entonces comenzó a corretear, a chapotear el agua del arroyo, a jugar con todo. Luego, comenzó a canturrear una extraña canción que nunca había aprendido, en un extraño idioma:

Aim dei siory jupi
T'Phrack bor Davs,
qua dei harem intro bor me.
Noi dei haberm nati
plusperriflecth qhat hel,
pos hel dei siory sapi,
T'Guni infinit, qua
dei harem allquí, et allquá
meer sempre...

Shelen había despertado unos minutos antes y observó con detenimiento el comportamiento de Equus.

— ¿Qué haces?— le preguntó.

Equus se detuvo y se observó. Estaba empapado, en medio del arroyo, con algunas hierbas enredadas en sus largas crines. Pero se sentía feliz, muy feliz.

— Shelen— le dijo— ¿Qué hago con toda esta felicidad que llevo aquí adentro?. Shelen lo observó, sonriendole con los ojos.

— No dejar que se vaya— le dijo. Equus se tranquilizó un poco, y salió del agua.

— ¿Qué es esto que he sentido? ¿Por qué tanta felicidad de un momento a otro?

— Es un sentimiento, de los más poderosos que existen; al igual que el fuego, es una fuerza latente, pero que proviene del Iddei. También hay que aprender a usarlo correctamente—

— ¿Y qué nombre tiene esa fuerza?

— Se le llama Amor.

— ¿Y qué sucede si no se usa bien?

— Puede llegar a degradarse y corromperse, convirtiéndose en Odio.

— ¿Y es que alguien es capaz de convertirlo en Odio?

— Si, esto hicieron quienes intentaron crear el mal.

— ¿La fuerza del Caos?

— Sí, los que dieron origen a los Vimaiñs.

— ¡El Mal y el Caos! ¡Las fuerzas que se oponen a todo!— exclamó Equus fuertemente— ¡Las odio!— Inmediatamente dijo esto, Shelen dio vuelta y se alejó unos pasos de Equus; luego dijo secamente:

— Acabas de odiar.

Equus se sintió inmovilizado. Era verdad, había convertido el amor que sentía hacia el Sapi y el Iddei, en odio hacia el Caos y el Mal.

— ¡Oh, Shelen!, ¿Por qué lo hice?— preguntó temblorosamente.

Shelen se volvió y sonrió.

— Para poder odiar solo se nesecita tener conciencia, Equus— le dijo— aún eres joven y tienes que aprender muchas cosas, aún no sabes como manejarla, y era lógico que te sucediera eso. Por eso necesitas de la experiencia para adquirir sabiduría; ahora ya sabes que el Amor fácilmente se convierte en Odio, y hay que cuidarse de eso.

— ¿Y cómo?

— Simplemente sintiendo Amor, no ira, ni Odio. Si algo o alguien te hace mal no lo odies, pues eso agrandará el mal que hubiere, sino ámalo; el mal se destruye a sí mismo, y no hay que atacarlo. Recuerda, el mal y el caos son entropía, desorden, y por eso no tardan en degradarse y desintegrarse, mientras que el Sapi y el Iddei son orden y construcción, que van en sentido opuesto. El bien y el amor subsisten, el mal y el odio no.

— Lo comprendo. No existen los dos extremos, solo lo bueno es y será, el Mal y el Caos... no progresan.

— Ellos mismos se condenan.

— ¡Oh, Shelen!

— Pronto sabrás todo lo que necesites, cuando llevemos la piedra Saper al Tomum—Cosmo.

— Si.

— Desayunemos y luego sigamos.

— Está bien.

Así los viajeros desayunaron un rato y luego prosiguieron su camino, con un paso lento y continuo. No importaba el tiempo que gastaran, lo importante era llegar. Pero a pesar de que las montañas misteriosas estuvieran muy lejos, ya habían recorrido mucho camino, y estas no parecían ya tan lejanas. Después de un par de horas, poco antes del mediodía llegaron al comienzo de su falda, al pie del gigante de piedra, que pacientemente los aguardaba. Shelen y Equus observaron cómo la gigantesca mole comenzaba abruptamente y luego se perdía en el cielo, en medio de una diáfanas nubecillas que flotaban vagamente en la inmensidad del firmamento.

— ¡Creo que está alto!— exclamó Equus.

— Ya lo creo— asintió Shelen—, pero no nos distraigamos, sigamos. Maquinalmente Equus comenzó a caminar de nuevo, llevando a Shelen sobre su lomo, comenzando así el tedioso ascenso.

Unos cuantos matorrales semiespinosos cubrían buena parte de la falda, pero fueron evitados por Equus. Después del almuerzo ya se habían internado en la montaña y parecía ya muy pronto su arrivo al Tomun—Cosmo. La vegetación fue cambiando poco a poco a medida que aumentaba la altura, y el ambiente se hacía más frío.

— ¿Cuando crees que llegaremos?— preguntó Equus.

— Tal vez en un día, o medio. No estoy segura, solo sé que la piedra Saper nos lo dirá a su momento preciso.

— ¿La piedra? ¿Y ella como sabe el camino?

— Recuerda que es toda la sabiduría existente.

— ¡Ah!, sí, lo olvidaba— dijo Equus mientras miraba hacia atrás. Entonces vio la extensa pradera que se extendía a los pies de la montaña, perdiéndose en un distante mar, que terminaba en el horizonte.

— ¡Qué bello paisaje!— exclamó Equus alegremente.

— Cuando se forme el universo habrá muchos sitios como este— agregó Shelen. Equus sonrió y continuó la marcha.

El camino era empinado y escabroso, pero a Equus no le importaba. El asunto de la creación del universo había tomado para él una importancia vital, y no se equivocaba. Estaban en juego un montón de fuerzas poderosas que lo habían creado a él, además era el único ser de la pradera que conocía la conciencia. Era como una especie de instinto; debía llevar con Shelen la piedra Saper al Tomun—Cosmo. Si lo habían dotado de conciencia, era para esto. Al anochecer, Equus y Shelen ya habían ascendido gran parte de las montañas misteriosas; habían pensado que iba ser más difícil, pero en realidad no lo había sido. Tal vez el Tomun—Cosmo estaría muy cerca. Hasta ahora todo parecía ir muy bien. Los dos viajeros se hicieron a un lado del camino, debajo de unos arbolitos, para pasar ahí la noche. Estaban en medio de una empinada loma al interior de la cordillera, desde ya no se podía ver mucho de las praderas del sur.

Al desaparecer el sol tras el horizonte, aquella luz roja, emanadora de paz y tranquilidad volvió a llenar el ambiente, hasta que lentamente se desvaneció para dar paso a la noche. Equus y Shelen, apostados bajo los árboles, prendieron de nuevo una fogata para procurarse luz y calor. Al rato, la luna salió con su acostumbrada placidez y tranquilidad a contemplar las inmensidades desde lo alto, como hacía todas las noches. Pero esta sería la ultima vez que lo haría sobre este pequeño mundo, que era en realidad un pequeño trozo de lo que iba a formarse, a formarse grandiosamente en la verdadera realidad de las cosas. Este mundo era solo una maqueta, era la idea inicial que esperaba su pronta realización a la gran realidad.

En verdad no tendría que esperar tanto, muy pronto llegaría el momento. Debajo de los árboles estaban los dos, cuando sintieron cierta actividad en la piedra Saper. La sacaron de su bolsa y observaron como emitía luz en gran cantidad, considerando que la radiación lunar era interrumpida por los árboles.

— ¿Qué le sucede, Shelen?— preguntó Equus.

— No lo sé, parece querer decirnos algo.

La piedra comenzó a brillar más agitadamente. Los dos la observaron; cuando esta derramó sobre ellos una radiación verdosa que los rodeó y los llenó de una sensación soporífera que los dominó completamente. De repente, una intuición, como una voz eterna comenzó a resonar en lo más profundo de sus mentes repitiendo angustiosamente:

— ¡Vimaiñs!, ¡Vimaiñs!...

Pareció un momento infinito, sin tiempo alguno; sin embargo la voz poco a poco se fue alejando, y luego tan de repente como vino, el sopor se fue y la radiación desapareció. La piedra se calmó y no volvió a emitir luz. Shelen y Equus se miraron a los ojos unos momentos mientras escuchaban atentamente el fondo silencioso de la noche.

— ¿Vimaiñ?— preguntó Equus, extrañado.

Shelen no respondió. siguió callada, escuchando.

— ¿Qué sucede?— preguntó Equus de nuevo.

— ¡Escucha!— interrumpió Shelen.

Equus agudizó el oído, comenzó a percibir un rumor, lejano, que parecía acercase poco a poco.

— Tenemos que seguir la marcha— ordenó Shelen.

— ¿Qué es ese ruido?

— Los Vimaiñs. Están muy cerca y nos pueden encontrar, ¡Vamos!

— Pero y...

El rumor se hizo cada vez más fuerte. Parecía el ruido de una cascada inmensa, repitiéndose una y otra vez, intermitentemente.

— ¡Escondámonos!— exclamó Shelen mientras se ocultaba rápidamente con Equus en la espesura de los árboles.

A los pocos segundos un enorme objeto metálico con una especie de aspas giratorias en su parte superior y varios focos luminosos adelante sobrevoló el lugar, lentamente. Los poderosos haces de luz que emitía escudriñaban atentamente la vegetación sin perder detalle. Equus y Shelen observaron cautelosamente el objeto desde su refugio y esperaron a que se fuera. El Vimaiñ no pareció verlos y siguió su recorrido.

— Ya saben de nuestra presencia— dijo Equus.

— No; la sospechan. Debemos seguir.

— ¿Ahora, en este momento?

— Si, no debemos darle ventaja a los Vimaiñs. Equus suspiró.

— ¡Sigamos!— dijo.

Dicho esto, Shelen tomó la piedra Saper y subió sobre Equus, quienes caminaron hacia la oscuridad, teniendo como único iluminación la luz de la luna. Caminaron toda la noche montaña arriba, hasta que faltando poco para amanecer llegaron a la cima. Al otro lado había un valle pequeño, donde se encontraba incrustada una extraña construcción de forma ovoide y con una innumerable cantidad de ventanas que la rodeaban.

— ¿Qué es eso?— preguntó Equus.

— El Tomun—Cosmo. Hemos llegado.

— ¡Mira!— Exclamó Equus mientras una gran cantidad de Vimaiñs sobrevolaba el lugar —son muchos — siguió diciendo— ¿Cómo llegaremos allá?

— La piedra Saper— Respondió Shelen. Sacó la piedra de la bolsa, y la expuso a la luz lunar; repentinamente comenzó a brillar y a emitir haces luminosos hacia el Tomun—Cosmo, quien inmediatamente reaccionó abriendo cerca a su base una gran cantidad de puertas de manera automática.

— El Tomun—Cosmo nos está esperando— dijo Shelen— tenemos que ir allá con mucha cautela.

Los Vimaiñs en esos momentos comenzaron a alarmarse, volando unos sobre la inmensa cúpula y otros alrededor.

De pronto la piedra Saper volvió a agitarse. Los Vimaiñs los habían detectado. Aterrorizados, Shelen y Equus vieron cómo una gran cantidad de ellos se acercaban rápidamente, enfocándolos con sus fuertes rayos de luz, listos a atacar.

— ¡Nos han visto!— exclamó Equus.

— ¡Llevaremos la piedra!— gritó Shelen.

Sin pensarlo, Equus comenzó a galopar hacia el Tomun—Cosmo con toda la velocidad que le permitían sus cuatro patas, acercándose rápidamente hacia la construcción; pero los Vimaiñs se abalanzaron sobre ellos y les enviaron varias descargas destructoras que herían la superficie causando grandes cráteres. Equus sorteó hábilmente las explosiones acercándose cada vez más al templo.

— ¡Ya casi lo logramos!— le gritó Shelen.

— ¡Si ya casi!— respondió Equus.

— ¡Equus, ten cuidado!— Exclamó Shelen, angustiada.

Repentinamente, los Vimaiñs dispararon millones de descargas sobre ellos, sin ninguna piedad. Equus vio como la tierra se abría delante de ellos y se hundía en un abismo insondable que los separaba del Tomun—Cosmo. Equus retrocedió y esquivó otro gran número de explosiones que se cernían sobre ellos. Corrió a lo largo del abismo buscando un sitio por donde pasar, pero era inútil, el Tomun—Cosmo estaba aislado y rodeado por aquel abismo.

— ¿Qué haremos?— preguntó Equus.

Shelen no respondió. Lentamente bajó del lomo de Equus y se tendió en el piso.

— ¡Shelen!— exclamó Equus— ¿Qué te pasa?

— Una de esas explosiones me ha afectado, estoy herida.

— ¡Herida!, ¡No!, te sacaré de aquí, estás muy mal.

— Lleva la piedra, es lo importante.

— No te voy a dejar sola, Shelen.

— No te preocupes por mi, Equus. Lleva la piedra, por favor— dijo débilmente Equus, mientras ataba la bolsa al cuello de Equus.

— ¿Y cómo pasaré? ¡No puedo saltar el abismo!

— Confía en el Sapi...— dijo por última vez Shelen, casi imperceptiblemente.

— ¡Shelen, no te vayas!— gritó Equus, mientras brotaban lágrimas de sus ojos. Pero no tuvo tiempo para lamentarlo. Allí venían los Vimaiñs; tenían que acabar con cualquier posibilidad de un universo.

Equus los observó desafiante, quiso odiarlos, pero luego recordó que esto agrandaría el mal. Así que decidió hacer otra cosa. Rápidamente corrió hacia el borde del abismo y observó el templo al otro lado. ¿Qué debía hacer?, se preguntó desesperadamente. Sintió entonces en el fondo de su alma la voz de Shelen, que le decía «—confía en el Sapi, Equus—» de manera esperanzadora y tranquila. Vio luego la bolsa que colgaba de su cuello. La piedra Saper estaba brillando intensamente, tanto que el color negro de la bolsa no era capaz de retener su brillo y parecía ser transparente. Los Vimaiñs estaban ya casi sobre Equus y parecía ser el final. Estaba acorralado; por un lado el abismo y por el otro Vimaiñs.

— Confiaré en ti, Sapi— le dijo a la piedra. Entonces se tranquilizó y se quedó quieto.

Los Vimaiñs lo rodearon y lo tenían en su mira. Pero cuando estaban listos para dar el golpe fatal, la piedra Saper emitió fortísimos haces de energía hacia el cielo y luego, todas las estrellas y los astros irradiaron de luz y fortaleza a Equus, cubriéndolo de un aura verde, protectora y radiante, que comenzó a producir desequilibrios en la compleja electrónica de los Vimaiñs. De repente, sin saber de donde, comenzaron a crecer sobre el lomo de Equus un par de grandes y radiantes alas que se batieron en el aire fuertemente, elevando a Equus por los aires en dirección al Tomun—Cosmo. Algunos Vimaiñs que estaban más lejos comenzaron a disparar sin descanso y repetidamente sobre Equus una gran cantidad de descargas destructoras, pero los proyectiles eran mágicamente desviados por el aura protectora y terminaban destruyéndose a sí mismos. Finalmente Equus llegó al final de la construcción. Estaba vacía; era un gran salón con la cúpula encima, en medio había un pequeño pedestal; ahora Equus sintió que la piedra le hablaba en el interior de su alma y le decía:«—Sácame de la bolsa y colócame en el pedestal, queda poco tiempo—». Como pudo, y con dificultad Equus hizo lo indicado puso la piedra Saper en el pedestal, despojandola de la bolsa. Se quedó quieto observandola, ¿Qué iría a pasar?. En ese momento comenzaron a entrar Vimaiñs al templo; ciertamente la piedra Saper los había averiado pero ellos estaban programados para destruirla, y tratarían de hacerlo, hasta el último momento. Poco a poco se fueron acercando hacia el pedestal; Equus ya no sabía que sentir, este era el momento decisivo. Entonces salió el sol. Su luz invadió el recinto, irradiando la piedra Saper, quien a su vez comenzó a brillar más fuertemente, iluminando todo lo existente por unos momentos. Pero se fue apagando lentamente, hasta que se extinguió. ¿Qué sucedía?. Equus siguió observando en silencio la piedra, mientras que los Vimaiñs, totalmente debilitados intentaban todavía moverse hacia la piedra. Aunque estaba apagada, algo parecía suceder dentro de ella; el Sapi, frenéticamente saldría de un momento a otro. De repente todo desapareció en un gran destello de luz infinita, emanada por el Sapi encerrado.

(III)

Equus, ¿Estás ahí?—

— ¡Shelen, eres tú!

— Si, soy yo.

— ¿Por qué todo está tan oscuro?

— Es solo cuestión de desearlo, Equus.

Equus deseó luz y todo se comenzó a iluminar, entonces pudo ver.

— ¡Shelen!— exclamó— ¡Estas bien!

— Recuerda que nunca se deja de existir. Gracias a ti el universo se ha creado. Equus observó a su alrededor; vio la gran vastedad del espacio, poblado de millones de estrellas errantes, vio la belleza de la innumerable cantidad de mundos formados en el tiempo y en el espacio, vio el nacimiento de la conciencia en todos los rincones del cosmos.

El universo se había creado, el Sapi había ganado.

— Todo eso es muy hermoso— dijo.

— Es el comienzo— agregó Shelen.

En ese momento, una gran voz, la voz eterna del Sapi, retumbo por todo el universo.

— Equus— decía— En virtud de gran servicio al universo, se te concederá toda la sabiduría eterna y podrás habitar con nosotros aquí en el cielo, serás en adelante la Constelación de Pegaso, observarás con nosotros las noches de los mundos donde nazca la conciencia y el Sapi.— Equus volvió a observar el universo. Sintió de nuevo el amor canturrear en el fondo de su corazón; comprendió ahora el sitio en que estaba, en el otro lado del horizonte, ahora y por siempre.

FIN

(1991)

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El otro comienzo (Episodio final)

En otro sitio, en un paraje cercano, un joven de más o menos la edad de Miguel, galopaba velozmente a la ciudad, sin querer perder tiempo. Era el hijo del recién fallecido Ptolomeo, e iba hacia Alejandría apresuradamente, a reclamar el trono, pues quería llegar de sorpresa, e incógnito. Si no tomaba la corona para sí, esta pasaría a manos de otras personas, a quienes no conocía, ni quería conocer. Además, quería asegurarse una existencia cómoda sin sacrificios. Siendo rey podría darse gusto en lo que quisiera. Tal era su prisa, que con la veloz carrera, al subir una duna de arena su caballo no vió el peligro de un terreno inestable, el cual se desboronó precipitadamente, haciendo desplomar violentamente al caballo y su jinete, quién murió al caerle la bestia encima, rompiendole el cuello. El cadaver rodó duna abajo, quedando tendido y cubierto por la arena.

El cuerpo del heredero de Ptolomeo permanecio allí por varios minutos, hasta que cerca de éste, de repente, se comenzó a formar un cubo plateado, el cual creció y quedó flotando a ras de suelo. Poco después, saltó del aparato un hombre que se dirigió hacia el cadaver y lo examinó, comprobando su deceso. Lo registró, y le quitó del cuello un pequeño medallón. Lo observó un momento, y se lo echó al bolsillo; luego regresó al cubo y desapareció, dejando abandonado el cadaver a la merced del desierto.

Mientras tanto, Miguel y el profesor habían recorrido ya un largo trecho, cuando a lo lejos divisaron un montón de hombres encadenados, que caminaban lentamente, conducidos de una manera salvaje e infrahumana.

— ¿Quiénes son? ¿Por qué los tratan así?— preguntó Miguel.

— Son esclavos— respondió el profesor mientras los miraba compasivamente. Se quedaron observando este terrible espectáculo, hasta que los perdieron de vista; luego siguieron su camino. Al rato notaron que se habían acercado más a la costa, y por fín, vieron a unos dos kilómetros a la ciudad de Alejandría. Tal como lo había dicho el profesor, encontraron a varios mercaderes, acampando en las afueras, quienes atendieron amablemente a los dos desconocidos, aunque un poco extrañados por su aspecto. Pronto anocheció, y MIguel decidió irse a dormir a una tienda, al contrario que el profesor, quién estuvo despierto hasta tarde.

Por la mañana, cuando Miguel despertó, no vió al profesor, sino a un mercader dentro de la tienda. Le preguntó en griego (que a la postre era el idioma que allí se hablaba), dónde estaba, respondiéndole el otro que afuera. Miguel salió y halló al profesor arreglando a dos hermosos caballos.

— ¿Y esos caballos, profesor?.

— Son para ir a la ciudad, pero aún no podemos ir con esta indumentaria, ponte este vestido— respondió mientras le entregaba un lujoso vestido griego.

Miguel volvió a entrar a la tienda, y al rato salió con otro vestido.

— ¿Cree que me queda bien?— preguntó.

— Oh, sí, claro que... no sé, te falta algo, dejáme ver— dijo mientras esculcaba entre el maletín que había traido— te falta algún adorno, ten, ponte este medallón, el que te mostré el otro dia.

— ¡Preciso para la ocasión!— exclamó Miguel mientras se lo ponía.

— Correcto, ahora me voy a cambiar, espérame aquí— y entró en la tienda. Miguel quedó solo allí, observó admirado la ciudad; era increible. Estaba frente a la legendaria Alejandría, tal como lo era hacía dos mil trescientos años. Inexplicablemente, tuvo la impresión de que allí si tenía algo que hacer, pero no sabía qué precisamente. En eso, salió el profesor vestido y preparado pero no tan lujosamente.

— Vamos ya a la ciudad— dijo— toma tu maletín y sube a un caballo. Miguel obedeció, y al poco rato emprendieron la marcha.

— Profesor— dijo Miguel mientras cabalgaba— usted no se consiguió un vestido muy bueno, en cambio mire el mío, parece muy lujoso.

— Bueno, es que no pude encontrar otro.

Conforme se acercaban a la ciudad esta se veía más imponente.

— ¿Anaximandro ya estará aquí?— volvió a decir Miguel— quisiera conocerlo.

— Tal vez, si tenemos suerte— respondió el profesor distraídamente.

Media hora después entraban a Alejandría. Pronto se vieron rodeados de altas casas, calles angostas repletas de transeuntes, quienes observaron maravillados a los recién llegados. Repentinamente comenzaron a vitorear y alabar, al paso de Miguel. Un rumor se extendió rápidamente; la exitación del pueblo comenzó a reflejarse en el inicio de una celebración. Casi todo el mundo quería tocar a Miguel, hablarle, abrazarlo, alabarlo. De un momento a otro se abrió paso entre la turba que rodeaba a Miguel un grupo de soldados que ante él se arrodilló, y cuyo jefe (en griego, por supuesto) aclamó:

— ¡Somos tus siervos, oh Señor Rey de Egipto!

— ¿Qué?— exclamó Miguel, asombrado, ante ese extraño comportamiento— ¡Profesor! ¿Qué está pasand...?— y giró la cabeza para verlo.

Pero no vió a nadie. Estaba solo, rodeado de una muchedumbre que lo aclamaba. El profesor había desaparecido.

Sin saber qué pensar y sin salir de su asombro, Miguel fué conducido por los soldados hasta una palacio, donde fué puesto ante la presencia de un grupo de ancianos, en un gran salón, donde retumbaba el eco de la muchedumbre exaltada.

— Jefes del concejo— dijo el soldado jefe— aquí os traigo al hijo de Ptolomeo, que según esperábamos llegaría en forma solitaria, tal como lo hizo.

«¿Yo el hijo de Ptolomeo, Anaximandro? ¡Eso es imposible!» pensó Miguel, tan asombrado, como asustado.

Uno de los ancianos, el jefe del concejo, se acercó a él, lo observó con cara pensativa, y luego dijo a los presentes:

— Al irse, el hijo de Ptolomeo recibió de su padre un objeto con una insignia, el sello de la familia, que sólo el legítimo hijo de Ptolomeo debe tener. «¿A qué insignia se refiere? ¡No tengo nada de eso!» exclamó para sí Miguel, visiblemente asustado.

El anciano comenzó a examinarlo, buscando la insignia, cuando su mano tropezó con el pequeño medallón. Lo observó fijamente. Sonrió y luego se lo quitó a Miguel.

— Señores— dijo levantandolo— esta es la insignia que os decía, él es el hijo de Ptolomeo, ¡Tenemos un nuevo rey! ¡Larga vida para él!— y todo el recinto lo comenzó a aclamar. Miguel, tímidamente observó a todos cuantos lo rodeaban. Estaba ante su destino.

En ese momento, en alguna parte de la periferia, el cubo plateado flotaba plácidamente sobre la arena. El profesor acababa de entrar al aparato; y había comenzado a mover unos controles, a lo cual, en una pequeña pantalla se desplegó este mensaje en una especie de griego muy evolucionado:

Mensaje a realidad hogar 3/243F.6A88.85A3.08D3+1 ... 
INICIO DE TRANSMISION

Al ver el sistema listo, el profesor comenzó a hablar a través de un pequeño intercomunicador en ese idioma:

— Aquí agente Anakos informando resultado de la misión Alpha Incipor. Todo salió conforme a lo planeado. El individuo predicho a ser rey fué hallado en la posibilidad de tiempo y espacio supuesta por la programadora Séles, concluyendo que sus cálculos fueron exactos. Luego fué llevado a la posibilidad inicial 3/0663.6514.3203.6134+1. En estos momentos Anaximandro I el Iniciador, sube al trono. La misión Alpha Incipor ha sido completamente exitosa. Prepárome ahora para regreso. Cierre de transmisión. Dos, uno.

Minutos después, el cubo desaparecía de esa realidad.

Ahora Miguel lo comprendía todo. En frente de todo ese gran pueblo sintió que el misterio de su vida se desvanecía, había encontrado la respuesta. Él sería el Rey de Alejandría, Anaximandro. Para eso lo había educado el profesor; para eso había nacido. Nunca le había pasado por la cabeza, pero luego cayó en cuenta por qué él, Miguel Velazco, sentía que en la realidad de donde él venía sobraba, que allí no tenía destino. Pues ese destino estaba en el pasado, aguardándolo. Él, con los conocimientos de su tiempo de orígen, fundaría allí, donde estaba, una nueva civilización tecnológica; la civilización cuna del profesor Esteban. Quiso extrañar a sus padres y demás personas que había dejado, pero no pudo. Ellos pertenecían a otra posibilidad de tiempo y espacio, y Miguel pertenecía ahora a ésta en que se encontraba. Ese sería su destino.

— Señor— le preguntó uno de los ancianos— existe el rumor de que te proclamarás Rey con otro nombre, diferente al de vuestro padre ¿Es eso verdad?

Miguel vió al anciano a los ojos, y sintió que estaba lleno de poder. El corazón le indicó que su propio enigma se le había revelado ya, y que jamás volvería a presentarsele otro. Ya conocía su propio destino, y se proponía seguirlo. Entonces respondió con serenidad:

— Anaximandro.

FIN

(1990)

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El otro comienzo (Episodio II)

El Maestro y su alumno se miraron en silencio por varios minutos. Sin embargo Miguel no obtenía respuesta. El profesor seguía callado, observandolo con mirada seria.

— ¿Qué es ese cubo? ¿Qué pasó con él? ¿Donde está? ¿Por qué comenzó a moverse cundo movió la mano? ¿De donde viene?— preguntó ahora histéricamente.

Pero el profesor seguía callado. Miguel también calló, y luego, preguntó lentamente:

— ¿Quién es usted? ¿Qué tiene que ver con esa cosa?

El profesor esperó otro momento antes de contestarle:

— ¿Ya te calmaste? No tengo nada de bicho raro, soy humano, común y corriente.

— ¿Y entonces esa cosa qué es?

El profesor sonrió, y respondió con una mirada tranquilizadora:

— Vamos a la sala y te lo explico.

Fueron allá, y una vez sentado Miguel en un buen sillón, el profesor empezó a explicar:

— Hace dos mil trescientos años, más o menos, en Egipto, la ciudad de Alejandría estaba en su esplendor. El sucesor de Alejandro, Ptolomeo, había fundado la famosa biblioteca de Alejandría, que se convirtió en el principal foco de cultura del mundo de aquella época. La esencia de la tecnología moderna se estaba fraguando, hubo un gran adelanto en geografía, matemáticas, física y mecánica. Pero los primeros años esta no se desarrolló, debido a que el trabajo pesado lo realizaban los esclavos y las bestias de carga. Un dia el rey Ptolomeo murió y su hijo, que se hallaba fuera del reino decidió volver de incógnito, para reclamar el trono de su padre, de una manera sencilla y sin ceremonias, pues había personas que se oponían pues esa coronación sería nefasta, debido a que el principe sólo se había destacado por ser un derrochador, amigo de las farras y placeres, y sobre todo irresponsable. Una persona así llevaría el reino a la perdición. Pero el secreto de su llegada fué inexplicablemente revelado, y a su arrivo, el pueblo le preparó un gran recibimiento, poniendose en marcha una fastuosa coronación segun los supuestos gustos del principe, quién poco después se proclamó a sí mismo Anaximandro I, fundando así una fuerte dinastía, que tuvo quince reyes. Pero el joven rey no era como lo imaginaban sus opositores, sino más sabio que la mayoría de los hombres de su época; dió un grandiosísimo impulso a las ciencias y a la tecnología existente. Junto con Herón de Alejandría, un genio en la mecánica, inició la invención y desarrollo de complejas máquinas de vapor, como los trenes, que reemplazaron a los esclavos en los trabajos forzados; quienes fueron liberados bajo una ley de Anaximandro, que proclamba la igualdad de los hombres. En el período de su reinado, Anaximandro hizo una gran proeza histórica: logró un adelanto de varios siglos en unos pocos años. Así, logró convertir su nación en la más sabia y poderosa del mundo, teniendo una fuerte capacidad de conquista, formandose un gran imperio tecnológico que abarcó toda europa, parte de Asia, Africa y hasta América con el paso del tiempo. Los sucesores de Anaximandro siguieron con su plan de expansionismo tecnológico, de manera que cuando estaba finalizada esta dinastía al cabo de cinco siglos, los hombres eran ya una civilización altamente tecnológica, que respondieron al llamado de las estrellas, emprendiendo la colonización del espacio. Desde que esto sucedió, hasta ahora, han pasado algo más de ventidós siglos.

Miguel comenzó a reirse.

— ¡Eso es imposible! ¡Si eso hubiera pasado no estaríamos aquí! Usted insinúa que esta civilización se desarolló tecnológicamente hace dos mil años, y que yo sepa eso pasó en realidad en el siglo diez y ocho con la revolución industrial.

— Es que yo no estoy hablando de esta civilización en la que estamos Miguel, sino de otra.

Miguel dejó de reir y se puso serio.

— ¡Simplemente eso no puede ser! ¡Si hubiera existido ese tal Anaximandro, nuestro destino se hubiera cambiado hace siglos, y tal vez nunca hubiéramos nacido!

— No,— explicó el profesor— ese es un concepto del tiempo algo primitivo, a lo que se denomina como flujo mono-vector de tiempo, donde todos los acontecimientos existen dependiendo de los sucesos anteriores. Un cambio en la cadena del tiempo alteraría la secuencia irremediablemente. Pero en realidad la naturaleza del tiempo es múltiple, no es lineal, sino que se ramifica según los sucesos que vayan acaeciendo. La secuencia se puede dividir en varias posibilidades, o en varios caminos que tome el curso de la realidad, tan real es la una de la otra, pero con diferentes secuencias de tiempo, que se multiplican interminablemente. Existen ramificaciones que son verdaderamente notables, cuando el suceso que las ocasiona es trascendental, como en este caso. La civilización que creó Anaximandro está aquí en el planeta Tierra, en este mismo momento, pero en otra posibilidad de tiempo y espacio, ¿Entiendes?.

Miguel se sentía profundamente perturbado. Era algo muy dificil de creer.

— ¿Y usted proviene de esa civilización?— preguntó casi imperceptiblemente.

— Si, de allá vengo.

— ¿Y vino en esa cosa cuadrada?

— Correcto, digamos que es una «Máquina del tiempo», aunque es más que eso; también puede viajar a través de las diversas posibilidades del tiempo y el espacio.

— ¿Y qué hace aquí?

— Mi oficio es ser un observador. Observo y estudio las diferentes razas através del tiempo. Mira,— dijo abriendo un pequeño armario que allí había, lleno de chucherías— todos estos objetos los he adquirido en mis viajes; por ejemplo por aquí hay un pequeño medallón que es más o menos de la época de Anaximandro, ¿Dónde está?, ¡Ah! Olvidé que lo tenía en mi bolsillo, míralo.

— ¡Oh, esto es grandioso! ¡Es de no creer!— dijo Miguel viendo el adorno y el resto de objetos.

— Bueno digamos que sí, pero prometeme que no se lo dirás a nadie, es importante pasar desapercibido.

— Creo que sobra decirlo, además nadie me lo creería, yo mismo no lo hubiera creído, ¡Si no es que he visto esa cosa cuadrada y todo esto! Hubo un momento de silencio.

— Bueno, Miguel— dijo el profesor— creo que hoy has tenido una clase más que cualquiera.

— ¡Y vaya clase!

Más tarde, cuando terminaron de hablar, Miguel volvió a su casa. Era increible lo que le había sucedido, una cosa así nunca se le hubiera ocurrido. El profesor Esteban era en sí un enigma. El libro, el griego; habían sido para él grandes misterios que ya había resuelto. El origen mismo del profesor lo intrigaba, ¿Cómo sería esa otra civilización? ¿La conocería algún día? Eso era otro enigma. ¿Por qué había que sucederle esto sólo a él? ¿O habría otras personas que ya lo sabían?. ¡Enigmas! ¡Enigmas! Era lo único que encontraba Miguel; incluso él mismo también era otro enigma, mientras llevara el interrogante de saber cúal sería su vocación y su futuro. Hasta el profesor mismo había hallado ya su destino, ser observador a través de los siglos. Pero Miguel no lo lograba y se atormentaba con esto; hasta que notó que los misterios poco a poco se le habrían de revelar. Hacía poco se preguntaba acerca de ese extraño idioma griego; y ahora lo dominaba perfectamente. Tal vez con el otro enigma pasaría lo mismo y, nada más habría que esperar.

Esa noche Miguel no podía dormir de la fascinación. Era increible; pareciera que estuviera en un cuento, pero esto era real. Era amigo de un viajero, de un viajero eterno, como en las novelas de ciencia ficción, proveniente de aquí mismo pero ¡En otra parte, en otra realidad! Al día siguiente, Miguel saludó muy efusivo al Profesor Esteban, quién sin embargo estaba muy serio. Al final de la clase Miguel le dijo:

— Profesor Esteban, ¿Voy esta tarde para que me siga hablando de lo que pasó ayer?

— No Miguel, ya no puedo seguir con las clases, debo irme.

— ¿Se va profesor? ¿Por qué?

— He recibido órdenes de partir. Además tu sabes ya mi secreto, y aunque seas de confianza puedo ser descubierto, lo que causaría una catástrofe de tiempo y espacio.

— ¿Y cuando se va profesor?

— Ahora mismo. Miguel, has sido un excelente alumno y amigo, sigue así y aprende más. Cuídate, ¡Adios!

Dicho esto salió del aula, encaminandose por el corredor. Al oír esto, Miguel sintió como si le hubiera caido un rayo. Su único amigo, la persona que lo había instruido y enseñado tanto, y que hasta lo había comprendido, se iría. Pero no solamente de ese sitio, sino de ese tiempo, o de esa realidad, nunca más lo volvería a ver, no tendría la posibilidad de buscarlo. Se sintió inevitablemente solo, rodeado de personas que aunque las hubiera visto siempre, les parecía como gente extrañas. De nuevo, tuvo la impresión, esta vez desesperada, que si hacía algo en ese momento no descubriría ese secreto, el enigma de su propia existencia. No alcanzó a pensarlo, cuando precipitadamente se abalanzó sobre el maletín con sus libros, lo tomó y salió corriendo detrás del profesor, a quién alcanzó en la salida del plantel.

— Profesor— gritó— ¡Espéreme!.

— ¿Qué sucede? ¡Miguel! ¿Qué haces?.

— Profesor, lléveme con usted, no tengo nada que hacer aquí.

— ¿Llevarte? Tu no sabrías...

— Por favor...

El profesor lo meditó unos minutos, luego le dijo:

— Está bien, pero harás todo lo que yo te diga, y después te traeré de regreso.

— Gracias, ¡No se arrepentirá!

Cuando llegaron a la casa del profesor, el gigantesco cubo se hallaba allí, en medio del patio, flotando. Esta vez Miguel lo pudo examinar más detenidamente. Era liso, y no presentaba ninguna abertura, puerta o ventana; presentaba el mismo aspecto por todos sus lados, era, incluso monótono. Sin embargo, no se atrevió a tocarlo, hasta cuando el profesor dijo:

— Ya estamos listos, entrémos.

— ¿Al cubo?

— Claro, al cubo.

— ¡Pero si no tiene puertas! ¿Por dónde vamos a entrar?

— No creas en lo que parezca ser, mira mi brazo.— lo acercó al objeto, y cuando lo tocó éste se hundió, entre lo que parecía una lámina de metal. — Recuerda, Miguel— explicó el profesor— que esto fué fabricado por una técnología cientos de años superior a la éste tiempo.

— ¡Entonces no es metal! Parece que fuera de aire, ¿Qué es?.

— Si te lo tratara de explicar tardaría semanas en hacerlo, este material es un producto muy complejo para la tecnología de aquí.

— ¡Increible!.

— Bien, abordemos el aparato y comencemos.

— Espére profesor, un poco.

— ¿Qué sucede?

— Antes de irme quisiera despedirme de mis padres.

— Tranquilizate, tal vez volvamos al momento de habernos ido, o incluso antes, recuerda que puedo hacer que se retorne a esta realidad a la hora que quiera, así que volveremos al poco tiempo de partír, ¡Nadie te va a extrañar!.

— No lo había pensado, ¡Vamos entonces!.

El profesor tomó un maletín que tenía, luego puso un pie dentro del cubo y penetró. Miguel lo siguió.

El interior del aparato era, a diferencia de lo que él pensaba, muy similar a la tecnología que conocía. Había dispuesto en pares cuatro sillas confortables, similares a las de un automovil, pero mirandose un par al otro, como si fuera una salita. En el centro, había lo que parecía ser un talero de mandos, conectado al piso. Las paredes eran semiopacas, aunque permitían la entrada de una débil imagen del exterior. Se sentaron cada uno en una silla; y el profesor manipuló el tablero.

— ¿Y a donde iremos?— preguntó Miguel

— Adivina.

— No sé.

— Tenemos que ir precisamente a Alejandría.

— ¡Alejandría! ¿A la época del reinado de Anaximandro?.

— No, un poco antes, a la época de su coronación. Tengo que observar ese suceso, especialmente.

— ¡Vaya si son oportunos tus superiores!— exclamó Miguel.

— Si, claro que lo son. Tal vez conozcas a Anaximandro. Ahora alístate, que partimos.

Y comenzó a hacer funcionar el aparato. De repente comenzó a encogerse, comprimiendose sobre sí mismo rápidamente. Miguel vió cómo se encogía a una velocidad vertiginosa, que de repente se detuvo cuando dejaron de tener tamaño alguno. En ese momento Miguel sintió que todo su ser había dejado de tener forma, y que estaba pulverizado por todo el universo. Fué un instante eterno en que su ser se localizó en todos los sitios existentes, y en ninguno al mismo tiempo.

— Tranquilízate, esto que está pasando es normal— sintió que dijo el profesor— esto sucede durante la transición tiempo—espacio.

Miguel intentó verlo, pero no pudo, simplemente sintió su presencia. De repente todo volvió a la normalidad. Miguel notó que recobraba su forma y su tamaño normal.

— ¿Hemos llegado?.

— Sí, nos hallamos a unos kilómetros de Alejandría.

Miguel se levantó de su silla y salió del aparato. Sus ojos se deslumbraron un poco con la fuerte luz del sol de mediodía, pero cuando se acostumbraron, vió a su alrededor una larga extensión semidesértica.

— ¿Esto es Egipto?— se preguntó.

— Sí,— respondió el profesor, que lo había escuchado cuando salía— estamos en el delta del Nilo, hace dos mil trescientos años.

— Vaya viaje— exclamó Miguel. Luego miró hacia el norte, vió una gran masa de agua.

— Ese es el Mediterraneo— explicó el profesor, mientras le entregaba un maletín a Miguel.

— ¡Mis libros! Los traje, esa es mi maleta.

— Tal vez nos sirva, ahora, escondamos el aparato.— dijo el profesor, mientras hacía que el cubo se hundiera bajo la arena, como había hecho en el patio. Una vez oculto ordenó: — busquemos a alguien que viva por aquí en las afueras de la ciudad, necesitamos vestirnos según esta época. Sígueme, la ciudad queda por allá, tal vez encontremos a alguien.

Dicho esto, Miguel comenzó a caminar tras el profesor, que parecía conocer ya el camino.

Continuará...

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El otro comienzo (Episodio I)

El último de cada fila me recoje las lecciones!— ordenó la profesora. Esta frase despertó en la mayoría de los alumnos que estaban ante ella una serie de quejidos y lamentos.

«Bah, no nos dejó más tiempo» pensó un de los alumnos, llamado Miguel, quién siguió pensando: «...y no me salió el ejercicio dos, ¡Rayos!». No alcanzó a escribir más, cuando pasó el compañero de atrás y recogió su hoja. Mientras cómo le entregaban los pliegos a la profesora, Miguel se relajó y pensó: «Habrá que estudiar más».

Entonces, sonó el timbre de cambio de clases; la profesora tomando en sus brazos algunos libros y planillas de calificaciones que llevaba dijo mientras se dirigía a la puerta:

— De tarea los ejercicios de la página 74 y 75; hasta luego.

Y salió del salón. Algunos fueron tras ella para pedir una explicación y otros se quedaron en el salón esperando al profesor siguiente. Pero éste no llegó a la hora de siempre.

Faltando unos minutos para que volviera a sonar el timbre, apareció el Director con una persona desconocida. Al momento, todos se pusieron de pie.

— Gracias, sientense por favor. Para quienes aún no conozcan al señor, este es el profesor Esteban Casas, quien reemplaza a la profesora Esther por unos dias; ustedes saben que ella está en incapacidad por motivos de salud, y no puede dictarles la cátedra de filosofía. Como él está aquí por poco tiempo, no puede perderlo, así que no habran retrasos en el programa académico. ¿Entendido?.

— Si, Señor Director— respondieron todos a coro.

— Muy bien; entonces yo los dejo con el profesor.— y salió del aula.

El profesor Esteban quedó en silencio frente a los alumnos; caminó un poco entre las filas y dijo:

— Bien, como el Señor Director ya les ha dicho, mi nombre es Esteban Casas, soy licenciado en filosofía y letras, y voy a dictarles el área de filosofía.

Los alumnos se quedaron en silencio ante el recién conocido.

— Bueno, — siguió diciendo— ¿Tienen alguna pregunta que hacer?

No alcanzaron a responder, cuando sonó el timbre de cambio de clase.

— Como el tiempo se ha acabado, seguiremos en la siguiente clase— dijo el profesor, mientras salía del recinto. En ese momento se asomó por la puerta la psicóloga del plantel, quién llamó a Miguel. Este salió del salón y le dijo:

— ¿Me necesita?

— Si, deseo hablar contigo, vén.

La psicóloga condujo a Miguel hasta su oficina, e hizo que se sentara.

— Mira Miguel, aprovechando este rato— dijo mientras sacaba de un cajoncito una hoja de papel que tenía un buen número de tests ya contestados— este cuestionario sobre orientación profesional que contestaste la semana pasada da mucho que decir. Se diría que no tienes una idea clara de lo que vas a hacer en esta vida. ¿Qué dices al respecto?.

Miguel suspiró e hizo una mueca. Otra vez con el mismo asunto. Una y otra vez sus padres, amigos y profesores llegaban con el mismo discurso. Por más que lo intentaba, Miguel no lograba descubrir el propósito de su vida, y ya estaba resignado a ello, aunque tenía la sensación de que estaba fuera de donde debía estar, una idea incomprensible, a la que se había acostumbrado a vivir.

— Es que... no sé— respondió— no me llama la atención ninguna carrera.

— ¿Ninguna?

— Ninguna.

— ¡Eso no puede ser! Todos tenemos una vocación, ¡Tienes que hallar la tuya!— exclamó la psicóloga.

— Sí, sé que tengo una vocación, pero no capto qué es, siento que... no está aquí.

— Explícate.

Miguel quedó en silencio, pensativo.

— No sé cómo explicarle— dijo— ni siquiera sé cómo explicarme esto a mí mismo.

— Intenta hacerlo Miguel. Tal vez tu futuro dependa de esto.

«Es que yo no tengo futuro» pensó Miguel rápidamente, pero luego reaccionó y se dijo a sí mismo de nuevo:«¿Pero qué estoy diciendo? ¡Claro que tengo futuro! ¡Vaya ocurrencias!...»

— Sí— le dijo algo turbado— puede ser que mi futuro dependa de la decisión que tome.

La psicóloga se quedó mirando a Miguel. La conversación no parecía haber sido muy productiva.

— Está bien— dijo la psicóloga— confío en tí, dejémoslo así; pero es responsabilidad tuya tomar una decisión.

— Sí, voy a tratarlo— respondió Miguel.

— Ahora vuelve a clase, ya debió haber empezado.

Miguel se levantó, despidiose y fué a su salón, con un paso algo apresurado; tal vez la profesora de matemáticas ya había comenzado, pero se tranquilizó al ver que solamente acababa de entrar, y no había empezado la clase. Al rato de comenzar la explicación, la profesora notó que le faltaban algunas tizas, así que envió a Miguel, que estaba cerca de ella, por unas a la sala de profesores.

— Están sobre mi escritorio— le indicó a Miguel.

Éste se levantó de su puesto y se dirigió allí. Cuando entró vio que no había nadie; luego dió unos pasos hacia el escritorio de la profesora, y halló la cajita con tizas en el sitio indicado. La tomó, y cuando ya se iba a ir su vista se detuvo en el escritorio contiguo. Allí había un libro de color negro mate, con unos extraños caracteres en color blanco, que al parecer titulaban la obra. Al verlo, Miguel sintió una extraña sensación, como si por un momento descubriera cuál era ese destino que se le mostraba esquivo. Tímidamente tomó el libro y le echó una ojeada. Estaba totalmente escrito en una extraña lengua que intrigó profundamente a Miguel. ¿Cuál sería su significado?. Quería mirar más, pero al segundo recordó que lo esperaban en clase, así que cerró el libro y regresó a su salón, pero teniendo la imagen de esos caracteres rondando en su mente.

El resto del día la imagen de aquel libro atormentaba una y otra vez su curiosidad, en especial ese idioma. Desde el primer momento en que lo vió se sintió fascinado. Le invadió el indomable deseo de comprenderlo, de dominarlo. Además, con el aumento de su curiosidad, comenzó a tener una impresión, vaga y difusa, que su destino estaba allí.

Al dia siguiente Miguel amaneció muy distraido, el enigma del libro lo tenía posesionado. No se le ocurría más en qué pensar, sólo lo hacía en el asunto del libro, y nada más.

La primera clase del día fué dictada inutilmente, pues sus pensamientos vagaban sin rumbo. Abstraído, trazaba en la última página de su cuaderno lo que recordaba de aquellos caracteres, y trataba de desemarañarles su significado. Creía recordar haber visto algunos en un libro de matemáticas, cuando en ese momento comenzó la segunda hora de clase. El profesor Estaban entró rápidamente al salón, cargando el misterioso libro junto con otros papeles. Los puso sobre la mesa y comenzó a llamar lista: los ojos de Miguel quedaron pegados al montón de papeles, donde estaba el libro. Tal vez podría identificar el idioma o entender algunas palabras, ¿Quién sabe? Tal vez saciaría su curiosidad de una vez por todas. Estaba en esto cuando alguien le tocó el hombro. Era su compañero de atrás, que le dijo:

— ¡Velazco, contéste lista!.

Miguel vió a su alrededor. Todos lo estaban mirando; el profesor lo había llamado ya dos veces, y no había contestado.

— ¡Ah! ¡Presente!— exclamó humildemente.

— ¡Qué cosa! ¿Eh?— dijo algún bromista que estaba cerca.

Miguel no hizo caso, tenía cosas más importantes en qué pensar.

El profesor Esteban siguió llamando lista, y cuando terminó comenzó a decir:

— Buenos dias. Bien, hoy vamos a comenzar la unidad de filosofía, viendo una introducción a esta y su historia, especialmente exponer lo que fué la filosofía griega, que es prácticamente el comienzo de ésta...— y comenzó así una larga charla—...personas tales como Sócrates, Platón, Aristóteles, Arquímedes, Pitágoras; grandes exponentes de la civilización griega, dieron un gran impulso a las ciencias como filosofía, matemáticas, astronomía, etcétera, las cuales... Pero sólo fué hasta cuando Alejandro Magno difundió por todo su reino la cultura griega; y fué en Alejandría donde se reunieron los conocimientos existentes de la época, los cuales gracias a ellos se ha forjado la civilización de hoy en día. Ahora comencemos con los filósofos presocráticos, quienes...— y así explicó la historia de la filosofía durante toda la clase.

Al final, cuando sonó el timbre, Miguel, quién no había dejado de mirar el libro, no sin escuchar la charla se le acercó al profesor y con algo de timidez le dijo:

— Profesor, ¿Ese libro es suyo?

— ¿Cual, este?— preguntó levantandolo.

— Sí, ese.

— Sí, es mio.

— Y, ¿En qué idioma está escrito?— preguntó Miguel, esta vez con una avidéz impresionante, ya sin demostrar la timidez de hacía un momento; lo cual llamó la atención al profesor y el cual, un poco extrañado respondió:

— Es griego, este libro está escrito en griego, son algunos diálogos de Platón.

— ¡Asi que es griego! ¡Ya lo decía!— exclamó maravillado Miguel, quién luego agregó — ¿Y sabe usted griego?

— Sí, aprendí en la universidad.

— Y... ¿Podría enseñarme?

El profesor se quedó mirándolo fijamente, hizo una expresión inexplicable, y con una voz amigable le respondió:

— Con todo el gusto, ¿Miguel?

— Sí, así me llamo.

— Bien, después hablamos Miguel, tengo otra clase y se me hace tarde.

— Está bien, profesor.

— Hasta luego Miguel.

— Hasta luego profesor.

Y salió del aula con una vaga impresión en su mente, diciendose a sí mismo: «Creo que lo encontré»

Después de unas semanas desde que vió el libro, era un hecho que Miguel había sufrido una transformación en su personalidad y seguía cambiando conforme recibía las clases del profesor Esteban. Antes de esto, Miguel había sido una persona algo insegura, retraída y sin amigos, que en más de una ocasión había tenido mala suerte en sus estudios, producto de lo que parecía una especie de inadaptación al medio. En ocasiones Miguel sentía que no pertenecía a ese lugar, sino que debería estar en otro sitio, haciendo lo que debía hacer. Pero, ¿Qué era precisamente lo que debía hacer? ¿Por qué sentía esto?. No lograba entender. Pero cuando vió ese libro, ese idioma, intuitivamente, sintió la seguridad de que había hallado el camino hacia una respuesta, que consciente o instintivamente se proponía seguir. A lo largo de las clases de griego había demostrado un rápido interés, no sólo en el griego, sino en otras materias, que poco a poco se fueron implantando por sí solas, inefablemente. Miguel se sentía maravillado al comenzar a tener contacto con el conocimiento; era extraño, pero en los varios años que llevaba estudiando en el colegio, no había sentido semejante avidéz de saber. Pareciera que el profesor Esteban lo supiera todo, pues explicaba cualquier tema con una gran naturalidad y sin equivocarse. Con él, Miguel no se sentía estar fuera de sitio, era como si estuviera con alguien conocido, que lo comprendía, que sentía como él. Se convirtieron en grandes amigos. En unas cuantas semanas la forma de pensar de Miguel había sufrido una metamorfosis. Además de haber adquirido una gran cantidad de conocimientos, tenía ahora más seguridad de sí mismo, y una extraña sensación de poder, de sabiduría, frente a los demás. Por primera vez su informe de calificaciones tuvo un incremento notable, sus profesores no lo podían creer (excepto el profesor Esteban, por supuesto) ¡Un alumno malo, de un momento a otro se convertía en casi un genio! Hasta en una ocasión lo felicitó la psicóloga por su rápida recuperación. Pero, aún a pesar de esto, Miguel no lograba descifrar su vocación, saber qué haría en el futuro; aunque algo por dentro le decía que estaba muy cerca a esto, que pronto lo lograría. En los ratos libres, Miguel iba a la casa del profesor Esteban a recibir las clases acostumbradas de griego y otros temas. Todo iba normal, a pedir de boca, sin hechos qué notar. Una tarde Miguel se dirigió como de costumbre a la casa del profesor, a recibir su clase. Al llegar vió que la puerta estaba abierta, así que decidió entrar, tal vez encontraría al profesor adentro. Atravezó un pequeño corredor y salió a un patio de tamaño mediano, pero no vió a nadie. «Debe estar en el comedor» Pensó, dirigiendose allí rápidamente. Sin embargo tampoco halló allí al profesor.

— ¿Dónde estará?— se preguntó— tendré que volver más tarde a buscarlo.

Y diciendo esto, se encaminó de nuevo a la puerta, pero al llegar al patio quedó estupefacto al ver algo que hacía un momento no estaba allí. En la mitad del patio, se hallaba flotando un gigantesco cubo, de unos cuatro metros de lado, suspendido aproximadamente a medio metro del suelo. Parecía ser metálico, de un color gris bruñido, que reflejaba brillantemente la luz del sol, encandilando los ojos de Miguel. No se movía, no emitía actividad alguna, y se mantenía suspendido inexplicablemente.

— ¿Qué es eso?— balbuceó Miguel.

Observó temerosamente el objeto tratando de comprender su naturaleza y su presencia allí.

— ¿Cómo llegó aquí?— se preguntó.

Poco a poco y con cautela se fué acercando al objeto, para examinarlo mejor, alargando una mano para tocarlo. En eso, una voz conocida exclamó detrás de él:

— ¡Miguel! ¿Qué haces aquí? Pensé que llegarías más tarde.

— ¡Profesor! ¿Qué es?— preguntó sorprendido Miguel señalando el objeto.

El profesor quedó callado, vió el cubo, e hizo un rápido movimientocon la mano. Repentinamente el cubo comenzó a hundirse en el suelo, como si este fuera líquido. Cuando desapareció completamente, Miguel observó el piso: estaba intacto, no había nada, ni siquiera un rastro. Volvió a ver al profesor, preguntandole:

— ¿Qué está sucediendo aquí?

Continuará...

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