(I)
Ya era de día cuando Equus despertó. La luz del sol brillaba alegremente sobre aquel paisaje infinito, donde estaba incrustado Equus desde ya hacía mucho. Se levantó perezoso sobre sus cuatro patas y caminó lentamente hacia un arroyo que corría cerca de allí. Al llegar a él agachó su cabeza para beber, y al hacerlo, vio su imagen reflejada en el agua. Nunca lo había pensado, ni había puesto mucha atención en su forma corporal. Tenía cuatro musculosas patas y un fuerte lomo, su cuello era largo y grueso, cubierto de una espesa mata de crines que revoloteaban alegremente con la brisa de la mañana. Sus ojos azabaches tenían una mirada placida y tranquila, que le daba a su rostro una expresión de sosiego interminable. Miró a su alrededor, no vio a nadie, solo observó la gran pradera que lo rodeaba; parecía infinita, por lo menos esta se perdía detrás del horizonte.¿Que habría detrás del horizonte? se preguntó. Nunca lo había hecho, nunca se había preguntado nada; pero ahora lo estaba haciendo. No comprendía por qué, pero en ese momento por primera vez en su vida sentía curiosidad de su propia existencia. Se alejó del arroyo y caminó un poco por la hierba, sintiendo como esta se hundía levemente bajo sus cascos; luego levantó la vista y miró el cielo azul e inmenso, observó con detenimiento las formas que tomaban unas pequeñas nubecillas que se desmenuzaban y desperdigaban lentamente en el abismo celeste. Equus sintió como si hubiera despertado de un largo sueño del que no recordaba nada y una nueva forma de comprender hubiera nacido en él. Le abordó un indomable deseo de conocer. Miró el horizonte y se preguntó de nuevo qué habría detrás de él. Estuvo en silencio un rato y comenzó a trotar; si quería averiguar que había al otro lado del horizonte debía ir allá.
Trotó durante un largo rato y no vio nada diferente a la pradera, excepto unas grandes montañas que se levantaban en la lejanía y que se confundían con el azul de la atmósfera. Equus creyó recordarlas, siempre las había visto allí y no eran algo nuevo. Siguió su camino preguntándose por todo lo que lo rodeaba, por su extraña quietud , por qué él había comenzado a comprender hasta ahora. Pasaron las horas, la mañana se convirtió en tarde y pronto comenzó a anochecer. Equus estaba recostado en la hierba; la larga caminata lo había agotado, ya había pastado un rato y quería descansar. ¡El horizonte parecía estar tan lejos!. Seguiría su marcha después, a la mañana siguiente. Entonces vio al occidente. El sol se estaba ocultando, ¡Detrás del horizonte! ¡El sol estaba detrás del horizonte en ese momento!. El sol podría darle una respuesta; sintió un cierto alivio al pensarlo. Luego salió la luna y las estrellas, y se dio cuenta también que ellas estaban tras el horizonte.
— Quisiera ser una de ellas— se dijo— aunque sea una estrella muy pequeñita, que no molestara a nadie; para poder saber que es lo que hay detrás. Pero luego pensó:«— Aunque me conformo con ser lo que soy, !No sé que me pasa hoy!, Me he preguntado muchas cosas...!No tengo idea por qué!—»
Observó el firmamento hasta quedarse dormido, en realidad estaba cansado.
La luna avanzó silenciosa y serenamente por el cielo, a través de la tranquilidad de esa noche, hasta llegar a su cenit, directamente sobre Equus. Allí se detuvo y observó curiosamente a aquel pequeño e insignificante ser, un habitante más de la pradera, tan común y simple como los miles que allí habitaban; pero con un nuevo don: la conciencia. Súbitamente comenzó a brillar más, a emitir hermosos y extraños rayos, que danzaban alrededor de Equus, cubriéndolo de un tenue polvillo gris y resplandeciente que jugaba con él, revoloteando entre sus crines. Equus abrió sus ojos y observó aquel espectáculo maravilloso.
— !Qué bello!— pensó.
Luego se levantó y se sacudió un poco el polvillo que tenía en la cabeza; vio como millares de puntitos de luz revoloteaban alrededor de él haciendo una danza loca y eterna, que poco a poco fue disminuyendo hasta desaparecer. Luego quedó solo en la inmensidad de la noche. Solo oía a su alrededor el canto de unos cuantos grillos y bichitos nocturnos.
— Debió haber sido un lindo sueño— dijo mientras miraba.
No observó nada extraño, así que volvió a dormir.
(II)
A la mañana siguiente, Equus abrió sus ojos muy perezosamente y en medio de la luz vio que frente a él estaba sentada una joven de largos cabellos, vestida con un tul que la cubría hasta los pies. Estaba rodeada con un aura de luz plateada que parecía emanarse de su propio cuerpo; su piel era inmensamente blanca como sus vestidos, sus ojos miraban con una expresión de amor a todo lo existente. Al ver que Equus despertaba se levantó y se le acercó.
— Buenos días, ¿Como te llamas?— le preguntó.
Equus la observó unos momentos.
— Equus.— respondió. Nunca había pronunciado su nombre, simplemente lo sabía y nada más.— Equus— repitió— así me llamo, al menos eso creo.
— Es un lindo nombre, algún día tus semejantes se llamarán así.
Equus no comprendió lo que le quiso decir. Simplemente le preguntó:
— Y tú, ¿Como te llamas?.
— Me llamo Shelen, una de las quince hijas lunares. Acabo de llegar.
— ¿Eres una qué?.
— No importa— respondió tajante— más tarde lo sabrás por ahora te necesito.
— ¿A mí?.
— Si, a ti Equus— dijo mirándolo a los ojos. ¿Qué querría en él?, lo ignoraba. Al decir verdad, ignoraba casi todo.
— En esta pradera eres el único ser que ha adquirido conciencia, Equus— siguió diciendo— y eres la única ayuda de que dispongo.
— ¿Por qué?.
— Porque tienes el don de comprender y eso es valioso.
— ¿Valioso?, ¿Para quien?.
— Para ti, para mí, para todos.
— No comprendo, o tal vez sí; dices que tengo ese don, ¿Y comprendiendo como te puedo ser útil?.
Shelen sonrió. Luego le dijo:
— Al comprender tu adquieres lo que se llama Iddei. Es algo nuevo y maravilloso. Es el poder de tener ideas, el poder de la abstracción, es saber encauzar la lógica para llegar a lo inverosímil e ilógico, pero cierto.
— Me confundes, por qué he de tener algo así que aún no entiendo?
— Porque tu te formulaste la frase mágica:«¿Por qué?», acabas de hacerlo.
— ¡Si!— exclamó. No lo había notado, pero había pronunciado esa frase mágica hacía un momento— Y si tengo ese gran don,¿Qué quieres de mí?
— Ayuda. Tienes el don de comprender y eres el único en este sitio que entenderá el sentido de mi misión, pues tienes Iddei, al igual que yo y los demás.
— ¿Los demás?, ¿Quienes?
— Los que están al otro lado del horizonte. Equus enmudeció. Recordó que Shelen era una hija !De la luna!
— ¿Tú vienes de atrás del horizonte?
— Eso creo.
— ¿Y como es allá?. ¿Como se llega?
— Tu mismo te darás las respuestas. Ciertamente tenía el don de la comprensión, pero Equus no logró desenmarañar las palabras de Shelen.
— Pero el motivo por el cual estoy aquí es mucho más importante y por eso necesito a alguien autoconsciente— dijo Shelen, esta vez con un tono más serio.
— ¿Qué sucede?— preguntó Equus. Shelen hizo una pausa. Miró a su alrededor; luego dijo:
— Escúchame Equus, de esto dependerá el futuro...cuando exista. Hay una forma más evolucionada de Iddei, denominada Sapi, que es el puente entre la imaginación y lo real, que habrá de materializarse para formar algo nuevo y de gran complejidad llamado universo.
— ¿Universo? ¿Qué es eso?.
— Es una forma de ser, pero de todo lo existente, que ya se está formando por sí solo; pero no es suficiente, necesita del Sapi para completarse.
— ¿Y qué es lo que ya está hecho de ese universo?.
— El tiempo; y tu junto con él. Entonces Equus comprendió por qué antes de la mañana pasada no recordaba nada, ni siquiera su propia existencia, no había habido pasado. Solo cuando la continuidad del tiempo había comenzado a correr, el había adquirido conciencia.
— ¿Por qué no recuerdo nada de antes del tiempo? Acaso no existía?.
— Solamente se existe, Equus. No hay la elección «Existir» o «No existir». Si existes es porque eres y serás por siempre; si no existieras no habría nada, no estaría contigo hablando.
— Entonces, ¿No hay comienzo para la existencia? ¿No comencé a existir en algún momento?
— No, tu eres y serás por siempre. La existencia es infinita.
— ¿Y por qué no recuerdo nada?.
— No tenías la capacidad para hacerlo, pero ahora si la tienes. Equus se sintió maravillado. Shelen parecía tener muchas respuestas.
— Háblame más del universo.— dijo ansiosamente.
— Todo el Sapi existente ha sido reunido en una piedra, la piedra Saper, que contiene toda la sabiduría que hay y habrá en el universo. Mi misión es llevarla a un lugar de este mundo, el Tomun—Cosmo. Es un templo cuya finalidad es esta: liberar el Sapi y formar el universo.
— ¿Y donde queda?.
— En las montañas misteriosas. Equus nunca había escuchado ese nombre, pero supo que se refería a las grandes montañas en la lejanía que había visto ayer.
— Es un buen nombre para ellas— dijo— ¿Y debes ir allá?.
— Debemos; si quieres ayudarme. Equus, ¿Me ayudarás?
— Creo que si.
— Pero espera, aún no te he contado todo. Hay un gran peligro que hay que afrontar y quiero que lo pienses bien.
— ¿Qué es?.
— No todo lo que existe es bueno, Equus. Una antigua fuerza, primitiva, pero con mucho poder logró sobrevivir. Es la energía contraria al Sapi. Se le llama Caos. El Sapi es la sabiduría, el orden, el Caos es el desorden, la entropía; pero el Sapi es más poderoso, tiene la conciencia, el Caos no. El templo es custodiado por unos seres gigantescos, los Vimaiñs, moustros metálicos, cuya única misión es evitar el paso de la piedra Saper al interior del templo.
— ¿Y por qué lo hacen, no entienden lo que están haciendo?.
— Desafortunadamente no tienen conciencia, el Iddei no está en ellos; no saben lo que hacen, porque no tienen la capacidad de saber.
— Pero de todas formas, ¿Qué los impulsa a hacer esto?
— En realidad no lo sé muy bien, dicen que son lo que quedan de un legendario intento de crear Caos conjugado con Iddei, creo que lo llamaron «Mal». Pero no funcionó; al tenerse conciencia el Caos se va irremediablemente.
Equus estuvo en silencio unos momentos.
— No me importa el peligro que corramos— dijo decididamente— si tengo conciencia, me incumbe que el universo sea creado.
— ¿Irás conmigo al Tomun—Cosmo?.
— Sí, lo haré.
— Gracias— dijo Shelen mientras brotaba una sonrisa de sus labios. Los dos observaron los lejanos cerros que los esperaban. Parecían tranquilos y serenos en la lejanía, sin ninguna perturbación por lo que ocurriría. Estaban al norte y parecían localizarse a unas dos jornadas de distancia. Los dos comenzaron a caminar hacia allá. Shelen tomó una bolsa negra que había traído y se la echo al hombro.
— ¿Qué tienes ahí?— preguntó Equus al verla.
— El motivo de mi misión.
— ¿La piedra Saper?.
— Si.
— ¿La puedo ver?.
— En este momento no, la luz del día es peligrosa para ella; en la noche la verás. Por ahora encaminémonos.
Equus propuso que Shelen subiera sobre su lomo y así podrían avanzar más rápido, a lo cual ella asintió. Luego emprendieron el camino. La pradera era uno de los lugares más extensos y hermosos que existían . En medio de los grandes pastizales a veces se erigían grupos de modestos árboles, debajo de los cuales descansaban sendas manadas de animales, que buscaban algún refugio al calor abrasador del sol. Aquí y allí, una gran cantidad de arroyos y ríos corrían alegremente hacia el sur, tal vez a encontrarse con un hipotético mar. A lo largo de sus cursos la vida rebosaba sin descanso, gracias al precioso liquido que transportaban sin cesar ni descanso.
Al norte estaban las montañas. Comenzaban abruptamente en medio de la llanura, sorpresivamente. Frente a ellas cualquier ser se sentía insignificante, pues eran gigantescas; tocaba el cielo, incluso lo sobrepasaban, o al menos daban esa impresión. De lejos, tenían una coloración azulosa, que a veces se perdía con la inmensidad del cielo, a veces contrastaba «no había patrón fijo», pero estaban allí y estarían por siempre, ese era su destino.
Shelen y Equus poco a poco fueron acercándose a ellas, lentamente; pero aunque parecían estar cerca, la verdadera distancia no era corta, sin embargo esto no los hacía desistir de su empeño.
Caminaron todo el día y solo se detuvieron al mediodía, a descansar un poco y resguardarse del sol, debajo de uno de los innumerables arbustos. Equus pastó por un rato, mientras que Shelen permaneció bajo el árbol y trató de dormitar. Después comió unas cuantas frutas silvestres.
Cuando la tarde comenzó, reemprendieron el viaje, a un paso lento pero continuo. Caminaron bajo la brisa de la tarde y el humor emanado por la tierra al calentarse llenó el ambiente con una inmensa gama de aromas, todos ellos provenientes de las millares de plantas y flores que llenaban el paisaje.
Al atardecer, el sol esparció por toda la atmósfera una luz rojiza y suave, que producía en el alma una extraña sensación de bienestar. Poco a poco fue desapareciendo el disco ardiente y sus rayos dejaron de tocar la tierra y solamente quedaron proyectados en el cielo, rojizo ya, abarrotado por las ultimas luces del día. Entonces la tierra quedó en oscuridad. Los viajeros decidieron detenerse al lado de uno de los incontables arroyos para pasar la noche allí.
— Pronto saldrá la luna— dijo Equus mientras observaba las estrellas.
— Sí, no demora en salir.
— Comenzó a hacer frío, en el día es lo contrario.
— Haremos una fogata y así tendremos calor.
— ¿Una qué?
— Mira— dijo Shelen mientras frotaba dos pedazos de leña. De un momento a otro comenzaron a humear y arder, luego, Shelen reunió más leña y la prendió. La fogata estaba lista. Equus observó maravillado aquella sustancia roja y candente que se desprendía de la madera, que emitía calor y seguridad.
— ¿Qué es eso?— preguntó.
— Es fuego, una fuerza latente en la naturaleza. Es muy útil pero hay que manejarla con cuidado. Equus miró de nuevo las estrellas; luego recordó el sol. Le asaltó una idea.
— Shelen— dijo— ¿El sol y las estrellas están hechas de fuego? Shelen alzó la mirada y meditó unos segundos, luego sonrió.
— A la larga si; pero tal vez no sea muy importante que sepas lo que son, por ahora.
Equus se calló por unos instantes. Tal vez estaba haciendo demasiadas preguntas; entonces vio la bolsa que cuidadosamente traía Shelen.
— Ya es de noche Shelen, déjame ver la piedra Saper.
— ¡Oh, si!, lo había olvidado. Mírala.— Respondió Shelen acercándole la bolsita, con su interior abierto.
Equus no vio muy bien lo que había allí, luego Shelen introdujo una mano y sacó la piedra lentamente, como si fuera un objeto de mucha delicadez.
— Mírala, esta es. ¿No es bella? Equus no respondió. Era una piedra mediana, del tamaño de un puño más o menos, de apariencia sencilla y modesta, pero sin comparación con las piedras normales. Su tonalidad era blanca, tan blanca y pura como la luz; su forma era oblonga y algo irregular. Estaba zurcada de haces similares a fibras, que la recorrían de lado a lado, dándole una extraña uniformidad cristalina.
— ¡Es muy bella!— exclamó suavemente Equus.
— Sí, la inteligencia es algo hermoso.
En eso salió la luna. Sus rayos pálidos y grises inundaron toda la pradera, dando una luz cenicienta, plateada y mágica, que rodeaba todo con un halo de misterio y belleza. La piedra Saper, al recibir sobre su cuerpo los tenues rayos de la luna, comenzó a reflejarlos, pero hacia su propio interior, concentrándolos en lo más intrínseco de su masa, produciendo un aura luminosa que iluminaba serenamente el lugar con una luz blanca, blanquísima, como la misma luna pero mucho más fuerte.
— ¿Qué sucede?— preguntó Equus.
— Es el Sapi que trata de salir; cuando la piedra recibe energía lumínica, o luz en su interior ocurren un sinnúmero de complejos fenómenos físicos, que transforman el Sapi en energía, que sale liberada en forma de más luz.
— ¿O sea que esta hermosa luz es la inteligencia convertida en energía?
— Si.
— ¿Y por qué no debe ser expuesta a la luz solar?
— Es demasiada luz. La piedra Saper solo debe ver el sol cuando esté en el Tomun—Cosmo.
— ¿Y por qué allí?
— Porque es el único sitio que encauzará la energía que desprenda la piedra hacia la construcción del universo.
— ¿Y qué pasa si la piedra ve el sol en otro sitio?
— Bueno, todo desaparecería en un gran destello luminoso.
— Pero no dejaríamos de existir.
— No, no dejaríamos de existir; pero no tendrías conciencia... hasta que el tiempo se volviera a formar.
— ¡Vaya!— exclamó Equus mientras observaba respetuosamente el cristal luminoso, el cual volvieron a depositar cuidadosamente entre la bolsita. Las horas pasaron y por fin, Shelen y Equus se durmieron.
Ya era de día cuando Equus despertó. La luz del sol brillaba alegremente sobre aquél paisaje infinito en que estaban incrustados los dos viajeros; Equus se levantó perezoso sobre sus cuatro patas y caminó hacia el arroyo que corría cerca de allí. Al llegar agachó su cabeza para beber, y al hacerlo, vio su imagen reflejada en el agua. Por un momento, Equus pensó que todo había comenzado otra vez y estaba de nuevo en aquella mañana en la que había adquirido la conciencia. Pero pronto notó que todo era una simple coincidencia del destino, una repetición casi exacta de ese momento, pero diferente. Antes estaba solo; ahora no, incluso estaba interviniendo en algo maravilloso y de una importancia tal que él mismo no alcanzaba a comprender. De repente, de lo más íntimo de su corazón, brotó una sublime sensación de felicidad, de felicidad infinita, de cariño hacia todas las cosas, hacia todo lo existente, hacia todo lo que lo rodeaba. Entonces comenzó a corretear, a chapotear el agua del arroyo, a jugar con todo. Luego, comenzó a canturrear una extraña canción que nunca había aprendido, en un extraño idioma:
Aim dei siory jupi
T'Phrack bor Davs,
qua dei harem intro bor me.
Noi dei haberm nati
plusperriflecth qhat hel,
pos hel dei siory sapi,
T'Guni infinit, qua
dei harem allquí, et allquá
meer sempre...
Shelen había despertado unos minutos antes y observó con detenimiento el comportamiento de Equus.
— ¿Qué haces?— le preguntó.
Equus se detuvo y se observó. Estaba empapado, en medio del arroyo, con algunas hierbas enredadas en sus largas crines. Pero se sentía feliz, muy feliz.
— Shelen— le dijo— ¿Qué hago con toda esta felicidad que llevo aquí adentro?. Shelen lo observó, sonriendole con los ojos.
— No dejar que se vaya— le dijo. Equus se tranquilizó un poco, y salió del agua.
— ¿Qué es esto que he sentido? ¿Por qué tanta felicidad de un momento a otro?
— Es un sentimiento, de los más poderosos que existen; al igual que el fuego, es una fuerza latente, pero que proviene del Iddei. También hay que aprender a usarlo correctamente—
— ¿Y qué nombre tiene esa fuerza?
— Se le llama Amor.
— ¿Y qué sucede si no se usa bien?
— Puede llegar a degradarse y corromperse, convirtiéndose en Odio.
— ¿Y es que alguien es capaz de convertirlo en Odio?
— Si, esto hicieron quienes intentaron crear el mal.
— ¿La fuerza del Caos?
— Sí, los que dieron origen a los Vimaiñs.
— ¡El Mal y el Caos! ¡Las fuerzas que se oponen a todo!— exclamó Equus fuertemente— ¡Las odio!— Inmediatamente dijo esto, Shelen dio vuelta y se alejó unos pasos de Equus; luego dijo secamente:
— Acabas de odiar.
Equus se sintió inmovilizado. Era verdad, había convertido el amor que sentía hacia el Sapi y el Iddei, en odio hacia el Caos y el Mal.
— ¡Oh, Shelen!, ¿Por qué lo hice?— preguntó temblorosamente.
Shelen se volvió y sonrió.
— Para poder odiar solo se nesecita tener conciencia, Equus— le dijo— aún eres joven y tienes que aprender muchas cosas, aún no sabes como manejarla, y era lógico que te sucediera eso. Por eso necesitas de la experiencia para adquirir sabiduría; ahora ya sabes que el Amor fácilmente se convierte en Odio, y hay que cuidarse de eso.
— ¿Y cómo?
— Simplemente sintiendo Amor, no ira, ni Odio. Si algo o alguien te hace mal no lo odies, pues eso agrandará el mal que hubiere, sino ámalo; el mal se destruye a sí mismo, y no hay que atacarlo. Recuerda, el mal y el caos son entropía, desorden, y por eso no tardan en degradarse y desintegrarse, mientras que el Sapi y el Iddei son orden y construcción, que van en sentido opuesto. El bien y el amor subsisten, el mal y el odio no.
— Lo comprendo. No existen los dos extremos, solo lo bueno es y será, el Mal y el Caos... no progresan.
— Ellos mismos se condenan.
— ¡Oh, Shelen!
— Pronto sabrás todo lo que necesites, cuando llevemos la piedra Saper al Tomum—Cosmo.
— Si.
— Desayunemos y luego sigamos.
— Está bien.
Así los viajeros desayunaron un rato y luego prosiguieron su camino, con un paso lento y continuo. No importaba el tiempo que gastaran, lo importante era llegar. Pero a pesar de que las montañas misteriosas estuvieran muy lejos, ya habían recorrido mucho camino, y estas no parecían ya tan lejanas. Después de un par de horas, poco antes del mediodía llegaron al comienzo de su falda, al pie del gigante de piedra, que pacientemente los aguardaba. Shelen y Equus observaron cómo la gigantesca mole comenzaba abruptamente y luego se perdía en el cielo, en medio de una diáfanas nubecillas que flotaban vagamente en la inmensidad del firmamento.
— ¡Creo que está alto!— exclamó Equus.
— Ya lo creo— asintió Shelen—, pero no nos distraigamos, sigamos. Maquinalmente Equus comenzó a caminar de nuevo, llevando a Shelen sobre su lomo, comenzando así el tedioso ascenso.
Unos cuantos matorrales semiespinosos cubrían buena parte de la falda, pero fueron evitados por Equus. Después del almuerzo ya se habían internado en la montaña y parecía ya muy pronto su arrivo al Tomun—Cosmo. La vegetación fue cambiando poco a poco a medida que aumentaba la altura, y el ambiente se hacía más frío.
— ¿Cuando crees que llegaremos?— preguntó Equus.
— Tal vez en un día, o medio. No estoy segura, solo sé que la piedra Saper nos lo dirá a su momento preciso.
— ¿La piedra? ¿Y ella como sabe el camino?
— Recuerda que es toda la sabiduría existente.
— ¡Ah!, sí, lo olvidaba— dijo Equus mientras miraba hacia atrás. Entonces vio la extensa pradera que se extendía a los pies de la montaña, perdiéndose en un distante mar, que terminaba en el horizonte.
— ¡Qué bello paisaje!— exclamó Equus alegremente.
— Cuando se forme el universo habrá muchos sitios como este— agregó Shelen. Equus sonrió y continuó la marcha.
El camino era empinado y escabroso, pero a Equus no le importaba. El asunto de la creación del universo había tomado para él una importancia vital, y no se equivocaba. Estaban en juego un montón de fuerzas poderosas que lo habían creado a él, además era el único ser de la pradera que conocía la conciencia. Era como una especie de instinto; debía llevar con Shelen la piedra Saper al Tomun—Cosmo. Si lo habían dotado de conciencia, era para esto. Al anochecer, Equus y Shelen ya habían ascendido gran parte de las montañas misteriosas; habían pensado que iba ser más difícil, pero en realidad no lo había sido. Tal vez el Tomun—Cosmo estaría muy cerca. Hasta ahora todo parecía ir muy bien. Los dos viajeros se hicieron a un lado del camino, debajo de unos arbolitos, para pasar ahí la noche. Estaban en medio de una empinada loma al interior de la cordillera, desde ya no se podía ver mucho de las praderas del sur.
Al desaparecer el sol tras el horizonte, aquella luz roja, emanadora de paz y tranquilidad volvió a llenar el ambiente, hasta que lentamente se desvaneció para dar paso a la noche. Equus y Shelen, apostados bajo los árboles, prendieron de nuevo una fogata para procurarse luz y calor. Al rato, la luna salió con su acostumbrada placidez y tranquilidad a contemplar las inmensidades desde lo alto, como hacía todas las noches. Pero esta sería la ultima vez que lo haría sobre este pequeño mundo, que era en realidad un pequeño trozo de lo que iba a formarse, a formarse grandiosamente en la verdadera realidad de las cosas. Este mundo era solo una maqueta, era la idea inicial que esperaba su pronta realización a la gran realidad.
En verdad no tendría que esperar tanto, muy pronto llegaría el momento. Debajo de los árboles estaban los dos, cuando sintieron cierta actividad en la piedra Saper. La sacaron de su bolsa y observaron como emitía luz en gran cantidad, considerando que la radiación lunar era interrumpida por los árboles.
— ¿Qué le sucede, Shelen?— preguntó Equus.
— No lo sé, parece querer decirnos algo.
La piedra comenzó a brillar más agitadamente. Los dos la observaron; cuando esta derramó sobre ellos una radiación verdosa que los rodeó y los llenó de una sensación soporífera que los dominó completamente. De repente, una intuición, como una voz eterna comenzó a resonar en lo más profundo de sus mentes repitiendo angustiosamente:
— ¡Vimaiñs!, ¡Vimaiñs!...
Pareció un momento infinito, sin tiempo alguno; sin embargo la voz poco a poco se fue alejando, y luego tan de repente como vino, el sopor se fue y la radiación desapareció. La piedra se calmó y no volvió a emitir luz. Shelen y Equus se miraron a los ojos unos momentos mientras escuchaban atentamente el fondo silencioso de la noche.
— ¿Vimaiñ?— preguntó Equus, extrañado.
Shelen no respondió. siguió callada, escuchando.
— ¿Qué sucede?— preguntó Equus de nuevo.
— ¡Escucha!— interrumpió Shelen.
Equus agudizó el oído, comenzó a percibir un rumor, lejano, que parecía acercase poco a poco.
— Tenemos que seguir la marcha— ordenó Shelen.
— ¿Qué es ese ruido?
— Los Vimaiñs. Están muy cerca y nos pueden encontrar, ¡Vamos!
— Pero y...
El rumor se hizo cada vez más fuerte. Parecía el ruido de una cascada inmensa, repitiéndose una y otra vez, intermitentemente.
— ¡Escondámonos!— exclamó Shelen mientras se ocultaba rápidamente con Equus en la espesura de los árboles.
A los pocos segundos un enorme objeto metálico con una especie de aspas giratorias en su parte superior y varios focos luminosos adelante sobrevoló el lugar, lentamente. Los poderosos haces de luz que emitía escudriñaban atentamente la vegetación sin perder detalle. Equus y Shelen observaron cautelosamente el objeto desde su refugio y esperaron a que se fuera. El Vimaiñ no pareció verlos y siguió su recorrido.
— Ya saben de nuestra presencia— dijo Equus.
— No; la sospechan. Debemos seguir.
— ¿Ahora, en este momento?
— Si, no debemos darle ventaja a los Vimaiñs. Equus suspiró.
— ¡Sigamos!— dijo.
Dicho esto, Shelen tomó la piedra Saper y subió sobre Equus, quienes caminaron hacia la oscuridad, teniendo como único iluminación la luz de la luna. Caminaron toda la noche montaña arriba, hasta que faltando poco para amanecer llegaron a la cima. Al otro lado había un valle pequeño, donde se encontraba incrustada una extraña construcción de forma ovoide y con una innumerable cantidad de ventanas que la rodeaban.
— ¿Qué es eso?— preguntó Equus.
— El Tomun—Cosmo. Hemos llegado.
— ¡Mira!— Exclamó Equus mientras una gran cantidad de Vimaiñs sobrevolaba el lugar —son muchos — siguió diciendo— ¿Cómo llegaremos allá?
— La piedra Saper— Respondió Shelen. Sacó la piedra de la bolsa, y la expuso a la luz lunar; repentinamente comenzó a brillar y a emitir haces luminosos hacia el Tomun—Cosmo, quien inmediatamente reaccionó abriendo cerca a su base una gran cantidad de puertas de manera automática.
— El Tomun—Cosmo nos está esperando— dijo Shelen— tenemos que ir allá con mucha cautela.
Los Vimaiñs en esos momentos comenzaron a alarmarse, volando unos sobre la inmensa cúpula y otros alrededor.
De pronto la piedra Saper volvió a agitarse. Los Vimaiñs los habían detectado. Aterrorizados, Shelen y Equus vieron cómo una gran cantidad de ellos se acercaban rápidamente, enfocándolos con sus fuertes rayos de luz, listos a atacar.
— ¡Nos han visto!— exclamó Equus.
— ¡Llevaremos la piedra!— gritó Shelen.
Sin pensarlo, Equus comenzó a galopar hacia el Tomun—Cosmo con toda la velocidad que le permitían sus cuatro patas, acercándose rápidamente hacia la construcción; pero los Vimaiñs se abalanzaron sobre ellos y les enviaron varias descargas destructoras que herían la superficie causando grandes cráteres. Equus sorteó hábilmente las explosiones acercándose cada vez más al templo.
— ¡Ya casi lo logramos!— le gritó Shelen.
— ¡Si ya casi!— respondió Equus.
— ¡Equus, ten cuidado!— Exclamó Shelen, angustiada.
Repentinamente, los Vimaiñs dispararon millones de descargas sobre ellos, sin ninguna piedad. Equus vio como la tierra se abría delante de ellos y se hundía en un abismo insondable que los separaba del Tomun—Cosmo. Equus retrocedió y esquivó otro gran número de explosiones que se cernían sobre ellos. Corrió a lo largo del abismo buscando un sitio por donde pasar, pero era inútil, el Tomun—Cosmo estaba aislado y rodeado por aquel abismo.
— ¿Qué haremos?— preguntó Equus.
Shelen no respondió. Lentamente bajó del lomo de Equus y se tendió en el piso.
— ¡Shelen!— exclamó Equus— ¿Qué te pasa?
— Una de esas explosiones me ha afectado, estoy herida.
— ¡Herida!, ¡No!, te sacaré de aquí, estás muy mal.
— Lleva la piedra, es lo importante.
— No te voy a dejar sola, Shelen.
— No te preocupes por mi, Equus. Lleva la piedra, por favor— dijo débilmente Equus, mientras ataba la bolsa al cuello de Equus.
— ¿Y cómo pasaré? ¡No puedo saltar el abismo!
— Confía en el Sapi...— dijo por última vez Shelen, casi imperceptiblemente.
— ¡Shelen, no te vayas!— gritó Equus, mientras brotaban lágrimas de sus ojos. Pero no tuvo tiempo para lamentarlo. Allí venían los Vimaiñs; tenían que acabar con cualquier posibilidad de un universo.
Equus los observó desafiante, quiso odiarlos, pero luego recordó que esto agrandaría el mal. Así que decidió hacer otra cosa. Rápidamente corrió hacia el borde del abismo y observó el templo al otro lado. ¿Qué debía hacer?, se preguntó desesperadamente. Sintió entonces en el fondo de su alma la voz de Shelen, que le decía «—confía en el Sapi, Equus—» de manera esperanzadora y tranquila. Vio luego la bolsa que colgaba de su cuello. La piedra Saper estaba brillando intensamente, tanto que el color negro de la bolsa no era capaz de retener su brillo y parecía ser transparente. Los Vimaiñs estaban ya casi sobre Equus y parecía ser el final. Estaba acorralado; por un lado el abismo y por el otro Vimaiñs.
— Confiaré en ti, Sapi— le dijo a la piedra. Entonces se tranquilizó y se quedó quieto.
Los Vimaiñs lo rodearon y lo tenían en su mira. Pero cuando estaban listos para dar el golpe fatal, la piedra Saper emitió fortísimos haces de energía hacia el cielo y luego, todas las estrellas y los astros irradiaron de luz y fortaleza a Equus, cubriéndolo de un aura verde, protectora y radiante, que comenzó a producir desequilibrios en la compleja electrónica de los Vimaiñs. De repente, sin saber de donde, comenzaron a crecer sobre el lomo de Equus un par de grandes y radiantes alas que se batieron en el aire fuertemente, elevando a Equus por los aires en dirección al Tomun—Cosmo. Algunos Vimaiñs que estaban más lejos comenzaron a disparar sin descanso y repetidamente sobre Equus una gran cantidad de descargas destructoras, pero los proyectiles eran mágicamente desviados por el aura protectora y terminaban destruyéndose a sí mismos. Finalmente Equus llegó al final de la construcción. Estaba vacía; era un gran salón con la cúpula encima, en medio había un pequeño pedestal; ahora Equus sintió que la piedra le hablaba en el interior de su alma y le decía:«—Sácame de la bolsa y colócame en el pedestal, queda poco tiempo—». Como pudo, y con dificultad Equus hizo lo indicado puso la piedra Saper en el pedestal, despojandola de la bolsa. Se quedó quieto observandola, ¿Qué iría a pasar?. En ese momento comenzaron a entrar Vimaiñs al templo; ciertamente la piedra Saper los había averiado pero ellos estaban programados para destruirla, y tratarían de hacerlo, hasta el último momento. Poco a poco se fueron acercando hacia el pedestal; Equus ya no sabía que sentir, este era el momento decisivo. Entonces salió el sol. Su luz invadió el recinto, irradiando la piedra Saper, quien a su vez comenzó a brillar más fuertemente, iluminando todo lo existente por unos momentos. Pero se fue apagando lentamente, hasta que se extinguió. ¿Qué sucedía?. Equus siguió observando en silencio la piedra, mientras que los Vimaiñs, totalmente debilitados intentaban todavía moverse hacia la piedra. Aunque estaba apagada, algo parecía suceder dentro de ella; el Sapi, frenéticamente saldría de un momento a otro. De repente todo desapareció en un gran destello de luz infinita, emanada por el Sapi encerrado.
(III)
Equus, ¿Estás ahí?—
— ¡Shelen, eres tú!
— Si, soy yo.
— ¿Por qué todo está tan oscuro?
— Es solo cuestión de desearlo, Equus.
Equus deseó luz y todo se comenzó a iluminar, entonces pudo ver.
— ¡Shelen!— exclamó— ¡Estas bien!
— Recuerda que nunca se deja de existir. Gracias a ti el universo se ha creado. Equus observó a su alrededor; vio la gran vastedad del espacio, poblado de millones de estrellas errantes, vio la belleza de la innumerable cantidad de mundos formados en el tiempo y en el espacio, vio el nacimiento de la conciencia en todos los rincones del cosmos.
El universo se había creado, el Sapi había ganado.
— Todo eso es muy hermoso— dijo.
— Es el comienzo— agregó Shelen.
En ese momento, una gran voz, la voz eterna del Sapi, retumbo por todo el universo.
— Equus— decía— En virtud de gran servicio al universo, se te concederá toda la sabiduría eterna y podrás habitar con nosotros aquí en el cielo, serás en adelante la Constelación de Pegaso, observarás con nosotros las noches de los mundos donde nazca la conciencia y el Sapi.— Equus volvió a observar el universo. Sintió de nuevo el amor canturrear en el fondo de su corazón; comprendió ahora el sitio en que estaba, en el otro lado del horizonte, ahora y por siempre.
FIN
(1991)
